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Un sacrificio vivo

Un sacrificio vivo

Jewel Roque

«Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto»[1].

La ley Mosaica exigía a los hijos de Israel cumplir una serie de sacrificios específicos dependiendo de la ocasión, del período del año o del pecado cometido. La posición económica y el lugar en la sociedad también determinaban la clase o cantidad de sacrificios. Por ejemplo, si un sacerdote cometía un pecado por accidente, debía sacrificar un buey. En caso de tratarse del líder de una congregación, el requerimiento cambiaba a un macho cabrío. Las personas comunes y corrientes debían sacrificar una cabra o un cordero y a las de escasos medios económicos se les permitía sacrificar un par de tórtolas o palominos[2].

Los libros de Éxodo y Levítico explican con lujo de detalles la complejidad del sistema. Enseñan a los israelitas cómo lidiar con prácticamente toda clase de pecado o impureza, celebración u observancia, culpa o restitución. Se explicaba todo con claridad, pero había un problema.

Una y otra vez, los profetas de Dios advirtieron a los hijos de Israel que algo no estaba bien. Cuando el Señor habló por medio de Isaías, dijo: «Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de grasa de animales gordos; no quiero sangre de bueyes ni de ovejas ni de machos cabríos»[3]. El motivo por el que dijo eso se explica unos versos más adelante: «Lavaos y limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras delante de Mis ojos, dejad de hacer lo malo, aprended a hacer el bien, buscad el derecho, socorred al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda»[4]. En otras palabras, desobedecían y desafiaban a Dios, casi burlándose de Él. El sacrificio de los animales se había convertido en una burla.

En pocas palabras, cumplían realizando las ofrendas y los sacrificios, pero no resolvían la raíz del problema. Su sacrificio era superficial. No se acercaban a Dios, sino que continuaban desobedeciendo descaradamente la esencia de los mandamientos de Dios. Jeremías, Malaquías, Miqueas, todos pregonaron un mensaje similar: no se trata solo del sacrificio, sino del cambio de corazón. Con el paso del tiempo, se volvió claro que era imposible para persona alguna seguir la ley al pie de la letra en acciones y en verdad.

Fue entonces cuando Dios presentó la siguiente parte del plan, la expresión más elevada de amor, gracia y misericordia: Su Hijo, Jesús. La muerte de Jesús en la cruz fue el sacrificio final. No puede haber sacrificio mayor. Y es que, ¿quién querría intentar sacrificar algo a Dios luego de que Él ofreciera a Su único Hijo como ofrenda por nuestros pecados? Dicho acto no solo sería innecesario, sino que parecería casi ofensivo. Procuren imaginar el acto más desinteresado que podrían hacer por otra persona, solo para que ella les diga: «Gracias, aquí tienes diez dólares». O cien dólares, o mil. Sin importar el monto, representaría una bofetada en comparación al acto de amor y abnegación que hizo Dios.

El sacrificio ceremonial concluyó cuando llegó la salvación, cuando Jesús exhaló por última vez en la cruz y gritó: «Consumado es»[5]. El regalo divino de la salvación y el sacrificio de amor puro de Jesús no puede compararse a nada. Parecería inútil intentar devolverle algo a Dios o intentar «sacrificar» algo como retribución.

Pero un momento. El apóstol Pablo habló de nuestros sacrificios. Y fue después de la muerte de Jesús. Así que, ¿debemos hacer sacrificios o no? En pocas palabras, sí. Pero no se nos pide sacrificar a Dios, sino para Él. De hecho, existe solo un sacrificio que valdría la pena: uno mismo. Y no, no me refiero a morir en un altar.

Lo que Pablo dijo en la epístola a los Romanos fue: «Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto»[6].

Versiones más antiguas son incluso más convincentes. Afirman que «presentar nuestro cuerpo como sacrificio vivo» es ni más ni menos que nuestro «servicio razonable». No es una labor única de los cristianos más dedicados o de quienes son llamados a ser apóstoles por una voz del cielo que resuena como un trueno.

El llamado es para cada uno de nosotros.

¿Qué es un sacrificio vivo? Dios no pretende que nos inmolemos en cuerpo en ese altar. Sus palabras expresan otra cosa muy distinta: la llama del Espíritu de Dios que bautiza a cada creyente y se queda a vivir en su interior.

El Espíritu de Dios descendió sobre los primeros discípulos como fuego: «Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran»[7]. Esa clase de fuego suena fenomenal. Es la viva imagen de pasión y emoción. Y es así como puede ser nuestra vida al servicio de Dios: llena de pasión y emoción por rendir tributo al Señor de los Cielos y de la Tierra.

No pretende ser una larga y difícil de recordar lista de momentos, lugares y artículos a sacrificar en ofrenda a Dios, sino una vida de asombro, ardor y servicio lleno de emoción.

Extracto del podcast de Solo una cosa.


Notas al pie

[1] Romanos 12:1.

[2] Levítico 14:22.

[3] Isaías 1:11.

[4] Isaías 1:16-17.

[5] Juan 19:30.

[6] Romanos 12:1.

[7] Hechos 2:3-4.