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Una vida de abnegación, 1ª parte

Una vida de abnegación, 1ª parte

Tomado de la serie Roadmap (Hoja de Ruta)

Sacrificio. ¿Qué significa?

Al pensar en la vida de abnegación que lleva un cristiano, a veces es provechoso pensar en lo que significa el sacrificio.

Se puede definir el sacrificio de esta manera: renunciar a algo valioso o importante, por alguien o algo que se considere de mayor valor o importancia.

Es interesante ver de esa manera la palabra «sacrificio». Según esa definición, aunque se ha renunciado a algo, a cambio también se ha recibido algo de mayor valor, lo que significa que en realidad ha habido un intercambio, un elemento de compensación; no hubo pérdida.

Se podría comparar un poco a la compra de un automóvil. Te cuesta. Como para ti era importante tener ese auto, lograste conseguir el dinero; es posible que hayas trabajado más horas o que por un tiempo hayas ajustado tu presupuesto. Ese vehículo es algo de valor e importancia para ti, así que estás dispuesto a pagar el precio que se pide. Te sacrificaste por ello. Sin embargo, a cambio recibiste algo que considerabas de igual o mayor valor.

Hay muchos otros ejemplos en que el costo y beneficio de una transacción ocurren en la vida cotidiana. Los atletas se sacrifican a fin de entrenar y prepararse mucho para ganar en su deporte. Los alumnos se sacrifican a fin de sacar buenas notas y obtener el título. En el lugar de trabajo, las personas se sacrifican a fin de progresar en su profesión. Todos deben dar algo para obtener algo. Y a medida que lo que intentemos obtener sea de un valor mayor, nos costará más.

Al expresar en esos términos lo que es nuestra vida de cristianos al servicio del Señor, eso significa que —así como el atleta, el alumno o una persona que centra la atención en su carrera— también tenemos que sacrificarnos a fin de lograr nuestras metas.

El sacrificio no es algo exclusivo de los cristianos. Cualquier persona que quiera progresar pasa por muchas de las mismas dificultades. La vida es difícil. De acuerdo, es posible que enfrentemos diferentes desafíos que son específicos de la fe cristiana, pero también hemos sido bendecidos con dones espirituales y el entendimiento necesario para hacer frente a esos desafíos.

Así pues, no se trata de si tenemos que hacer sacrificios en la vida, sino más bien de elegir por qué nos vamos a sacrificar. El que se esfuerza por alcanzar algo en esta vida tendrá que hacer sacrificios a fin de llegar a su meta, o concretar su sueño o carrera. Los cristianos hemos adoptado los objetivos del Señor y los hemos hecho nuestros.

Estamos dispuestos a hacer un intercambio —dar nuestra vida, que en términos cotidianos se traduce en dar nuestro tiempo, recursos y dinero; renunciar a posesiones, y lugares queridos para nosotros, si eso es lo que el Señor pide; dar de nosotros mismos, nuestras oraciones, bondad, empatía y amor— a fin de ser lo que el Señor quiere que seamos, de estar donde Él quiere que estemos, a fin de hacer Su voluntad y llevar Su amor a la humanidad.

Es un precio que estamos dispuestos a pagar porque damos un mayor valor e importancia a hacer la voluntad de Dios y llevar a cabo la gran misión que a nuestra vida y lo que nos cuesta.

Otra definición de la palabra «sacrificio» es una pérdida. En el diccionario de la Real Academia Española (DRAE), una de las acepciones de sacrificar es: «Renunciar a algo para conseguir otra cosa». Al renunciar a algo que se valora, es una pérdida.

Esa clase de sacrificio —cuando se da algo sin que haya medios visibles de que se recibe algo a cambio— en muchos casos es el sacrificio que experimentamos en la vida terrenal durante nuestro servicio al Señor. No es que no haya beneficios, pero por lo general no son inmediatos, y, en su mayoría, nuestra vida transcurre sin que haya una restitución evidente por gran parte de lo que hemos dado. Claro, tenemos alegría, paz y bendiciones, pero no experimentaremos nuestra recompensa completa hasta que lleguemos al Cielo.

Vivir el momento, ver resultados inmediatos, que se reconozcan nuestros esfuerzos y cosechar el fruto de nuestros emprendimientos, puede parecer más atractivo que vivir para lo eterno. Sin embargo, Jesús nos enseñó que miráramos más allá de nuestra vida cotidiana y que trabajáramos e invirtiéramos en la futura vida eterna, por medio de buscar primeramente el reino de Dios y Su justicia. Es posible que con eso no se obtengan resultados inmediatos o evidentes, pero sabemos que conforme a las promesas de Dios, lo que invertimos en Su reino eterno será para siempre.

Mientras tanto, sin embargo, no hay escasez de sacrificios para hacerse aquí y ahora. Y ese es el aspecto que abordamos hoy: el costo, el precio de vivir para Jesús.

Los cristianos conocemos bien el concepto de sacrificio, pero en términos cotidianos ¿qué significa?

El amor es un acto sacrificado. Expresado de otra manera, el sacrificio es el amor puesto en acción, es pagar el precio, es algo que te cuesta, y es caro; el sacrificio es dar, no arrebatar; es dar tu vida por la otra persona.

El amor del Señor siempre nos apoya y somos muy bendecidos. Sin embargo, a veces nos familiarizamos con esas bendiciones hasta el punto en que empezamos a pensar que el Señor nos lo debe o que merecemos las bendiciones. Llegamos a esperar la buena fortuna en nuestra vida y puede ser sorpresa para nosotros o nos sentimos en desventaja cuando el Señor pide algo de nosotros que no queremos dar.

Solemos olvidar que el llamamiento de un cristiano activo conlleva una vida de abnegación.

Así pues, no es realista mirar la vida cotidiana y esperar que todo vaya de perlas, que todo vaya bien siempre y que siempre estemos felices, que no haya momentos en que tengamos que vivir humildemente; o jamás (o que no deberíamos) tener que sufrir pérdidas, penas o privaciones. No es una descripción correcta de la vida de fe.

María Fontaine escribió lo siguiente sobre este tema:

Con frecuencia tenemos expectativas poco realistas de nuestra vida dedicada al servicio del Señor. Nos parece que no deberíamos enfrentar problemas tan grandes, que los problemas deberían disiparse más rápido o no deberíamos tener que luchar tanto.

Ayuda mucho adoptar otra actitud y recordar que muchas de las batallas y dificultades por las que pasamos y los sacrificios que tenemos que hacer, son parte de la vida. Las dificultades, penalidades y batallas son parte de nuestro aprendizaje, preparación y crecimiento y hacen crecer nuestra resistencia, compasión, madurez y fe.  María Fontaine

Cuando el Señor dijo: «Todo el que pierda su vida por causa de Mí y del evangelio, la salvará»[1], lo decía en serio. El Señor entendía que servirlo significaría «perder» la vida.

Asimismo, el Señor nos dice que nos neguemos a nosotros mismos y que tomemos nuestra cruz cada día[2]. Negarte a ti mismo significa literalmente renunciar a satisfacer necesidades o deseos personales, abstenerte de hacer tu voluntad y, en cambio, tomar la cruz —nuestra vida de sacrificio y servicio, diariamente— y seguir a Jesús. Estos son los versículos completos:

Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de Mí y del evangelio, la salvará.  Marcos 8:35 (RVR 1995)

Y decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame».   Lucas 9:23 (RVR 1995)

Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser Mi discípulo.  Lucas 14:33 (RVR 1995)

Así pues, vemos que el Señor no le quita importancia a que la vida de un cristiano es de sacrificio y de renunciación, que a menudo se traduce en dificultades, sufrimiento, cansancio, pérdida, y a veces hasta abatimiento.

Ya saben que el apóstol Pablo entendió esto cuando dijo: «Fuimos abrumados en gran manera más allá de nuestras fuerzas, de tal modo que aun perdimos la esperanza de conservar la vida»[3]. Y Pablo también dijo, refiriéndose a la vida de fe: «Cada día muero»[4].

En realidad, esa es la vida más difícil, la de negarte a ti mismo y morir a diario. Sin embargo, eso es lo que firmamos cuando aceptamos seguir al Señor. La Biblia dice que somos «comprados por precio», por Dios[5]. También dice que presentemos nuestro cuerpo como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro verdadero culto[6]. El sacrificio es la verdadera forma de adorarlo.

El sacrificio duele. Servir al Señor y a los demás a veces puede dar la impresión de ser un camino interminable y cuesta arriba. Sin embargo, pongamos en perspectiva esa lucha y los sentimientos que la acompañan al recordar que nuestra permanencia aquí en la Tierra es solo momentánea al compararse con la eternidad que pasaremos en el Cielo.

Cada uno de nosotros debe decidir si lo que hacemos en la vida merece el dolor pasajero y las pérdidas inmediatas. Piensa en tus convicciones personales y compromisos. Piensa en lo que renuncias y por qué. Si llegas a la conclusión de que cambias lo sacrificios de hoy por algo mucho más valioso y eterno, ¡entonces vale la pena pagar ese precio!

Si puedes afirmar que Jesús es suficiente para ti, si puedes proclamar que vale la pena vivir por la gran misión y la promesa de recompensas eternas y celestiales, entonces esa percepción cambiará tu enfoque del sacrificio. Saborearás la oportunidad de devolver al Señor y tendrás agradecimiento por haberte convertido en una persona más profunda, con más compasión, más amor, como resultado de tu abnegación y generosidad.

Así pues, pidamos al Señor que nos ayude a cambiar las actitudes egoístas por el gozo de sacrificarnos a fin de hacer la voluntad de Dios. Y que al final de una vida bien aprovechada al servicio de Dios, cada uno de nosotros tenga el honor de escuchar que Jesús le diga: «¡Hiciste bien! Siervo bueno y fiel. Entra en Mi gozo».


Notas al pie

[1] Marcos 8:35.

[2] Lucas 9:23.

[3] 2 Corintios 1:8 (RVR 1995).

[4] 1 Corintios 15:31.

[5] 1 Corintios 6:20.

[6] Romanos 12:1 (RVR 1995).