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La nueva creación

La nueva creación

Peter Amsterdam

La resurrección de Jesús fue la primera fase de la nueva creación de Dios. Con ese acto Dios instituyó un nuevo género de existencia: un cuerpo humano se transformó mediante el poder divino en uno sobre el cual la muerte, la descomposición y la corrupción no tienen incidencia. ¡Nada parecido había sucedido en toda la Historia! «Sabemos que Cristo, por haber sido levantado de entre los muertos, ya no puede volver a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre Él»[1].

El cuerpo glorioso de Jesús no se resentía de la tortura que había sufrido: la espalda desgarrada por los azotes; la cabeza ensangrentada por la corona de espinas; las manos, los pies y el costado atravesados. No estaba lleno de magulladuras ni exhausto por todo lo que había aguantado.

El cuerpo glorioso de Jesús no era espiritual, sino físico. Sus discípulos podían tocarlo. En ese estado Él los instruyó[2], anduvo con ellos[3], cocinó para ellos[4] y comió con ellos[5]. En una ocasión estuvo con 500 de ellos[6]. Luego de 40 días[7], ascendió al Cielo[8], donde está sentado a la diestra de Dios[9].

Por ser cristianos, nosotros también formamos parte de la nueva creación de Dios. Esperamos con ilusión el momento en que Jesús regrese y reviva nuestro cuerpo[10]. El apóstol Pablo compara la resurrección del cuerpo con el nacimiento de toda una planta a partir de una semilla[11]. Luego explica que esos nuevos cuerpos serán imperecederos, resucitados en gloria y poder a modo de cuerpos espirituales[12].

Por ser imperecederos, nuestros cuerpos no tendrán las debilidades que ahora los aquejan. No se verán afectados como ahora por la edad, las enfermedades y el cansancio. Un autor los describe así: «En esos cuerpos gloriosos veremos claramente plasmada la humanidad tal como Dios la concibió»[13].

Desde el momento en que uno acepta a Jesús como su Salvador y el Espíritu de Dios entra en él, uno se renueva y se regenera. La renovación consiste en una transformación positiva del creyente; la regeneración, en la manifestación de una nueva vida consagrada a Dios, con un cambio radical de mentalidad. «Cuando se manifestaron la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, Él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por Su misericordia. Nos salvó mediante el lavamiento de la regeneración y de la renovación por el Espíritu Santo[14].

Siendo nosotros parte de la nueva creación, el Espíritu de Dios nos transforma y nos ayuda a asumir la mente de Cristo. Así vamos desarrollando y manifestando algunos de los atributos de Dios, a medida que crecemos en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio[15].

Por eso tenemos mucho que celebrar: que Dios habita en nosotros y nos ayuda, nos guía y nos renueva; que somos parte de Su nueva creación; que viviremos eternamente en nuestro cuerpo glorioso, disfrutando de perfecta salud y sin sufrir los efectos de la vejez, libres de enfermedades y dolencias. Esa es la buena nueva del Evangelio: el amor que Dios abriga por cada ser humano, la oferta de vida eterna, la resurrección de los muertos, la posibilidad de ser hoy mismo nuevas criaturas en Jesucristo y de formar parte eternamente de la nueva creación universal.

Que la belleza del don de Dios por medio de Jesús nos incentive a comunicar ese don y las bendiciones que conlleva a todas las personas que podamos.


Notas al pie

[1] Romanos 6:9 (NVI)

[2] V. Lucas 24:27

[3] V. Lucas 24:13–15

[4] V. Juan 21:9–13

[5] V. Lucas 24:41–43

[6] V. 1 Corintios 15:6

[7] V. Hechos 1:3

[8] V. Hechos 1:9–11

[9] V. Marcos 16:19

[10] V. 1 Tesalonicenses 4:16,17; 1 Corintios 15:51,52

[11] V. 1 Corintios 15:35–38

[12] V. 1 Corintios 15:42–44,49

[13] Wayne Grudem, Teología sistemática, p. 874

[14] Tito 3:4,5 (NVI)

[15] V. Gálatas 5:22,23