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Una combinación invencible

Una combinación invencible

María Fontaine

«Sin embargo, cuando predico el evangelio, no tengo de qué enorgullecerme, ya que estoy bajo la obligación de hacerlo. ¡Ay de mí si no predico el evangelio!»  1 Corintios 9:16[1]

¿Recuerdan cómo se sentían cuando les parecía que todo estaba perdido? ¿Se acuerdan cuando estaban totalmente desesperanzados y pensaban que la vida no tenía ningún sentido, que les parecía vacía y desprovista de entendimiento? ¿Se acuerdan de lo infelices y desesperados que se sentían? El Señor en ese momento no hizo como si no los viera, no les dio la espalda. En la hora de su necesidad Él se acercó a ustedes, los tomó en Sus brazos. Probablemente lo hizo por medio de alguien que les testificó, alguien que rebosaba de gratitud y alegría por el espléndido amor del Señor que tenía en el corazón.

El Señor nos implora que hagamos lo mismo por otras personas, por los que están perdidos y solitarios a la intemperie y en las tinieblas, que seamos Sus pies, Sus ojos, Su voz, Su mensaje. Nos explica que si no llevamos Su mensaje a la gente, es posible que se pierdan la oportunidad de experimentar el gozo, la libertad, la compasión, la comprensión, la sabiduría y el gran amor que Él tiene reservados para que los disfruten en esta vida.

¿Cómo sería llevar una vida con pocos objetivos o sin un propósito? ¿Cómo sería vivir sin esperanza para el futuro, ninguna forma de librarse de la carga de los remordimientos o la condenación, sin saber cómo superar la muerte de un ser querido, sin tener ninguna idea del lugar adonde fue ni de si lo volverían a ver alguna vez, sin saber cómo afrontar una tragedia o pérdida? Alguien nos ayudó a encontrar a Jesús y Su salvación. ¿Cómo podemos dejar de hacer lo mismo por los demás cuando sea posible? Jesús nos amó tanto que dio la vida por salvarnos, pero también los amó a ellos y dio la vida por ellos. Gracias a alguien (probablemente fueron varias personas) conocimos a Jesús, y ahora tenemos el deber de transmitir el mensaje a otros.

La Palabra dice que Jesús vino «a buscar y a salvar lo que se había perdido»[2]. Jesús dijo: «Como me envió el Padre, así también Yo os envío»[3]. Su Padre lo envió a la tierra a morir para que nosotros pudiéramos vivir. Los cristianos tenemos la misión de morir por los demás, para que ellos puedan vivir. Claro que en nuestro caso la muerte la padecemos cada día. Consiste en vivir aquí y seguir en la tierra, en esta vida, entregándonos a diario a fin de divulgar Su amor, de modo que otras personas encuentren vida eterna en Jesús.

Pablo dijo: «Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo»[4]. Si examinamos la vida que llevó Jesús y la que llevó Pablo, comprobaremos que no fueron fáciles. Jesús nunca prometió a Sus seguidores una vida fácil; lo que sí dijo es que esta vida es momentánea y que si sufrimos por Él también reinaremos con Él[5]. Si aceptamos lo que el Señor quiere que hagamos y cumplimos con el llamado que Él nos hace con la mayor diligencia posible, algún día disfrutaremos de las gloriosas recompensas que Él ofrece a todos los que venzan. ¡Dice también que nos dará aquí en esta tierra bendiciones que harán gratificante y dichosa nuestra vida, que nos dará Su paz, fortaleza y alegría aquí mismo, en este mundo, si lo alabamos, le damos gracias y llevamos a cabo nuestro trabajo con alegría!

El Señor quiere que nos interesemos sincera y profundamente por los demás, que seamos conscientes de que muchas personas viven en medio de un torbellino de confusión, sin amor, y que gracias a Su Palabra, tenemos las respuestas que ellos buscan. El Señor nos promete que si damos a los demás obtendremos grandes ganancias[6]. ¡Qué ciclo tan hermoso!

A medida que demos a los demás, el Señor promete darnos a nosotros Su poder, fuerzas, fe y alegría. La consecuencia será que muchas personas sabrán que hemos estado con Jesús y también desearán estar con Él. Y así se perpetuará el ciclo.

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Notas al pie

[1] NVI.

[2] Lucas 19:10.

[3] Juan 20:21.

[4] 1 Corintios 11:1 NBLH.

[5] 2 Corintios 4:17; 2 Timoteo 2:12.

[6] Lucas 6:38 NVI.