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«No queriendo que ninguno perezca»

«No queriendo que ninguno perezca»

María Fontaine

En lo que respecta a la salvación, Dios no prefiere a unos por encima de otros. La oportunidad de recibirle no se la da únicamente a los que se han criado en cierta cultura o religión. Ama a Sus hijos hinduistas, budistas y musulmanes tanto como a los hijos que creyeron en Él y, en tanto que lo reciban, ha dispuesto que no se queden sin heredar las bendiciones eternas que les tiene reservadas.

Nuestro Dios es todo amor y comprensión, conoce a cada una de Sus criaturas y se preocupa con desvelo por ellas. Él entiende todo lo que padecen. No solo dio la vida por ellas sino que, cada uno de los días de la vida de esas criaturas, obra en el corazón de ellas para acercarlas a Él y revelarles Su amor. El Dios que hizo semejante sacrificio de entregar a Su propio hijo no soltará a Sus hijos tan queridos, sino que en toda su vida continúa brindándose a ellos por medio de Su Espíritu. En Su gran amor por cada una de Sus criaturas, Su deseo es que vivan para siempre con Él en Su magnífico reino.

El Señor nos ha dado el incomparable honor de revelarnos esta verdad y tenemos el llamamiento importante de dar testimonio a los perdidos de la salvación que Él brinda. Pablo dijo: «¡Ay de mí si no predico el evangelio!»[1] ¿Por qué creen que se tomó Jesús la molestia de venir a la Tierra y se quedó tanto tiempo en ella? Si hubiera venido solamente a morir en la cruz para nuestra redención y volver al Cielo, no habría tenido que sacrificarse y esforzarse tanto para predicar el Evangelio continuamente adondequiera que iba. Dijo: «Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos»[2].

Luego, después de Su muerte, cuando apareció a Sus discípulos, confirmó el llamado a predicar el evangelio. Dijo: «Como el Padre me envió a Mí, así Yo los envío a ustedes»[3].

El Señor se desvive por derramar sobre nosotros profusamente Su Espíritu, por prodigarnos Sus Palabras de vida, esperanza, luz y comprensión. Se nos ha dado gran riqueza de sabiduría, aguas de vida que se han de cruzar a nado, y el poder de Su Espíritu para dirigirnos al mundo con Su verdad. La Palabra de Dios —al igual que Su amor— no se nos dio para guardarla en el corazón. La sublime Palabra de Dios no servirá de mucho en la vida de la gente hasta que la demos a conocer.

No podemos mantenernos al margen, y disfrutar privadamente de nuestras bendiciones cuando tantas personas en el mundo mueren de hambre, pues necesitan el camino, la verdad y la vida y extienden la mano pidiendo siquiera unas migajas. No somos dueños de nosotros mismos; hemos sido comprados por un precio[4]. El Señor no nos ha regalado tanta Palabra y amor a manos llenas solo para que estemos felices y motivados: es para que los compartamos con los demás.

El Señor no nos ha conferido el honor de hacernos partícipes de ese conocimiento de Sus verdades eternas para que simplemente nos apoyemos en nuestra salvación y promesas para la eternidad. Como somos Sus hijos, nos ha bendecido con abundancia, más que a todos los pueblos sobre la faz de la Tierra. Sin embargo, esa bendición trae consigo una responsabilidad muy grande, pues también nos pide que llevemos Su amor y Su Palabra a los que no la han oído. ¡Ojalá seamos fieles y desempeñemos bien nuestra misión!

Ya sea que las personas sean muy ricas o muy pobres —o algo intermedio—, si no conocen al Señor son indigentes. En esta vida, las personas verdaderamente acaudaladas son las que poseen las auténticas riquezas de Su Espíritu y verdad, los tesoros en el Cielo, donde está nuestro corazón[5]. Somos multimillonarios en el Espíritu por el gran caudal de tesoros de Su Palabra con los que contamos, los cuales nos dan vida, paz y un futuro eterno con Él.

Por Su parte, el Señor nos envía como embajadores de Su amor. Nuestra labor consiste en hablar a la gente de las riquezas verdaderas a las que pueden acceder ya. Dios, con generosidad, prodiga Sus tesoros a quienes le piden y reciben Su regalo de la salvación; Él hace todo lo posible por distribuir Sus riquezas a todos los hambrientos y necesitados.

¡Al Señor le interesa esparcir las semillas a los cuatro vientos! Quiere que llevemos Su mensaje de salvación al mayor número posible de personas. Quiere que todos hagamos lo que nos corresponde para sembrar las semillas y transmitir Su mensaje de salvación por todas partes, de modo que la gente conozca Su amor.

Hay millones de ovejas perdidas que necesitan escuchar la verdad y entregarse al Señor, abrirle el corazón para pertenecer a Él, para saber que han sido compradas por precio y son propiedad de Jesús, que no pueden ser de este mundo. Es el momento de esparcir todas las semillas posibles. No debemos ser selectivos a la hora de divulgar el mensaje de salvación. El Señor no quiere «que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento»[6].

Así pues, seamos diligentes al dar a conocer a otros el amor de Dios en cada oportunidad que se presente, dándoles folletos[7], diciéndoles versículos de la Biblia y que Jesús los ama y quiere que sean felices, y también para preguntarles si quieren orar para aceptar a Jesús y la salvación que ofrece. O para hablar de Su verdad de alguna otra forma que el Señor les indique.

Rueguen con toda el alma que el mensaje que den y las palabras que digan caigan en oídos y corazones receptivos. Como ustedes no saben quién tiene hambre espiritual, desparramen las semillas lo más posible. Una parte de las semillas caerá en tierra seca, dura; pero otras semillas caerán en suelo fértil y arraigarán.

Aunque no vean muchos resultados de inmediato, apóyense en Su promesa de que la Palabra de Dios no volverá a Él vacía. Logrará Sus propósitos[8]. Ya sea en esta vida o en la otra, tendrán noticias de los que hallaron felicidad eterna en Jesús gracias a que ustedes les testificaron y transmitieron Su Palabra.


Notas al pie

[1] 1 Corintios 9:16 (NVI).

[2] Lucas 19:10 (NTV).

[3] Juan 20:21 (NTV).

[4] 1 Corintios 6:19-20.

[5] Mateo 6:20-21.

[6] 2 Pedro 3:9 (RVR 1995).

[7] Aquí encontrarán folletos que pueden descargar y utilizar en su testificación: Folletos.

[8] Isaías 55:11.