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Vivir por amor al Señor

Vivir por amor al Señor

Peter Amsterdam

«Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios (2 Corintios 5:20 RV1960).

Por ser cristianos debemos poner nuestra fe en acción y tender la mano a los cansados y atribulados, los desfavorecidos, los oprimidos y los necesitados, por amor a Jesús. Jesús vino para servir, y a nosotros se nos pide que hagamos lo mismo. Servir a los que tienen necesidades es una hermosa expresión de nuestra fe. Es preciso que los menos privilegiados, los necesitados y los que pasan hambre sepan que los amamos, que nos interesamos por ellos, que los valoramos. Dios los valora, y nosotros, como cristianos, también.

Prestar servicio en orfanatos, visitar a los enfermos y a los presos, cavar pozos, enseñar a los desfavorecidos, participar en brigadas médicas, defender los derechos de los oprimidos, etc. son valiosas maneras de hacer un mundo mejor y llevar el Espíritu de Jesús a los necesitados. Es posible que en el curso de tales actividades no siempre podamos hablar de nuestra fe; pero la estamos viviendo al manifestar el amor de Dios e interesarnos en los demás y atenderlos. San Agustín dijo: «¿Qué aspecto tiene el amor? Tiene manos para ayudar; pies para correr hacia los pobres y necesitados; ojos para ver el sufrimiento y la miseria; oídos para escuchar los suspiros y las penas de la humanidad. Así es».

Vivir nuestra fe y seguir las pisadas de Jesús significa poner nuestra fe en acción y preocuparnos por los demás de todas las formas posibles, haciéndolo como para el Señor. Tendemos la mano a los pobres, los enfermos y los que necesitan el bálsamo curador de Dios y nuevas esperanzas de cara al futuro. Buscamos a los que, por mucho que tengan salud, dinero y conocimientos, están cansados, angustiados y perdidos. Nos conmueven las dificultades de los que sufren persecución u ostracismo social, o son obligados a vivir en situaciones inhumanas.

Sean cuales sean las circunstancias, procuramos descubrir cuál es la mejor manera de manifestar el amor de Dios. Es parte de ser la luz del mundo y la sal de la Tierra, de alumbrar a los necesitados con la luz y la verdad de Dios y dejar que se vea Su amor en acción.

En nuestro afán por vivir nuestro cristianismo, poner nuestra fe en acción y perseguir el Espíritu de Dios, procuramos volvernos como Jesús, adoptar Sus atributos, lo cual nos hace misericordiosos y compasivos, y nos lleva a conmovernos, a entender las necesidades físicas y espirituales de la gente y a esforzarnos por que su vida mejore, tanto en el aspecto espiritual como en el práctico. Actuamos como Jesús. Seguimos al Maestro.

Un hermoso aspecto de servir por amor al Señor son los actos invisibles u ocultos, de los que la mayoría de la gente nunca sabrá: cuando patrocinan a un equipo misionero en un país lejano; cuando dan algo que necesitan a alguien que lo necesita aún más; cuando sacrifican su valioso tiempo libre para interceder por las necesidades de alguien, sin que esa persona lo sepa siquiera. Lo hacemos para el Señor. Si las circunstancias no les permiten estar en primera línea de una obra misionera, pueden estar en primera línea con sus oraciones. Pueden orar por el alma de las personas, por su vida. Pueden orar por sus ministerios, por sus necesidades.

Lo que hacemos por los demás —nuestro servicio, nuestras oraciones, nuestros donativos—, lo hacemos por Jesús. No para obtener reconocimiento, por lucro o para subir escalones en la sociedad. Todo lo que hacemos, en cualquier ministerio, es para glorificar al Señor. Eso es servir por amor a Jesús.

2 Corintios 5:20 dice: «Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros». Esa es una declaración impresionante.

Somos enviados oficiales y representantes de Cristo. Somos ciudadanos del Cielo y representamos el reino de Dios. Hemos sido destinados temporalmente a la Tierra para representar a nuestro país, a nuestro Soberano. Ser un embajador es un gran honor, y nuestra conducta debe reflejar eso.

Una de las funciones de un embajador es trabajar en pro de la paz, promover la paz. Nosotros representamos al Príncipe de Paz, y se nos ha encomendado la misión de transmitir Su mensaje al mundo. ¿Qué mensaje es ese? La segunda mitad del versículo lo aclara: «Os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios».

Hay millones, incluso miles de millones de personas que no conocen personalmente a Dios, que nunca han oído hablar de Jesús y que no saben nada de la salvación que se nos ofrece y del tesoro de vida eterna que les aguarda si tan solo aceptan a Jesús como su Salvador. Tenemos el honor de divulgar esa buena noticia, dar a conocer a Jesús y en última instancia llevar al Cielo con nosotros al mayor número posible de personas.

Ojalá seamos todos embajadores de Cristo, activos y dignos. No representamos un hermoso y magnífico país de la Tierra, sino el reino más sensacional y espectacular del universo: el reino de Dios. Es sin duda un privilegio servir a Dios como embajadores Suyos, y deberíamos comunicar el amor, el cariño y la compasión de Jesús en todo lo que hagamos, sea grande o pequeño. Al tomar «la forma de siervo», Jesús dio el mayor ejemplo de servicio que verá este mundo (Filipenses 2:7).

La madre Teresa dijo: En cada ser humano veo a Jesús. Me digo: «Este Jesús tiene hambre; tengo que darle de comer. Este Jesús está enfermo, tiene lepra o gangrena; tengo que lavarlo y atenderlo. Sirvo a los demás por amor a Jesús».

Servimos al prójimo por nuestro amor a Jesús. Ese amor nos impulsa a servir a nuestros semejantes en Su nombre. Nos motiva a ser embajadores Suyos en cualquier situación en que nos hallemos. Nos lleva a prestar asistencia a los necesitados y ofrecer esperanza y sanación a quienes tienen el corazón quebrantado.

Podemos ser Sus manos, con las que puede ayudar y tocar, la boca con la que puede decir la verdad y comunicar aliento y esperanza, los ojos con los que puede manifestar Su compasión, los pies con los que puede caminar junto a un alma cansada, y los brazos con los que puede ayudar a llevar su pesada carga. Hacemos todo eso por Él, para Él, porque procuramos hacer lo que Él haría si estuviera aquí. Tenemos el registro de Su vida en la Tierra, que nos muestra cuánto nos amó, cuánto amó a Sus criaturas. Por la Biblia sabemos con cuánta compasión se relacionó con los que estaban vivos en Su época, y lo comprometido que se mostró cuando hablaba con Sus discípulos y con la gente.

Jesús nos ha confiado la misión de transmitir a nuestros semejantes, a los que conviven hoy con nosotros en este planeta, Su amor personal, incondicional y abarcador. Esforcémonos, entonces, todo lo posible, ¿de acuerdo? Seamos como Jesús. Amemos como Jesús. Abramos nuestro corazón a los demás como representantes de Jesús. Seamos conductos despejados por los que Dios pueda sanar y salvar a este mundo de personas necesitadas y quebrantadas.

Que todo lo que hagamos, de palabra o de hecho, lo hagamos para Jesús, para Su gloria.