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Hallar la razón de tu vida, 2ª parte

Hallar la razón de tu vida, 2ª parte

Tomado de la serie Roadmap

«Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente» —le respondió Jesús—. Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.  Mateo 22:37-40 NVI

Hay una forma importante —que fácilmente se pasa por alto— de amar a los demás en pequeños detalles de la vida cotidiana. En el acelerado mundo actual, la mayoría de nosotros tenemos una vida ajetreada. Si nos cuesta llevar un ritmo más lento a fin de hacer una pausa y manifestar el amor de Dios de forma aparentemente considerable, cuánto más difícil es darse tiempo para atender las necesidades que parecen insignificantes. Hay muchos momentos del día en que tenemos pequeñas opciones; en términos sencillos, son decisiones que nos llevan a amar a los demás o a ignorar la oportunidad de amar y continuar con lo que hacemos. Esas oportunidades podrían ser, por ejemplo, ayudar a alguien que lo necesite, darle preferencia ante lo que necesitamos nosotros, manifestar interés cuando alguien tiene estrés o está preocupado, ofrecer un abrazo o una oración, o prestar un oído comprensivo.

Al final, la persona que somos y que todos conocen es la suma de nuestras decisiones, las decisiones que tomamos diariamente. Cuando decidimos dedicar tiempo a hacer una pausa y ayudar a alguien que lo necesite, cuando manifestamos amor e interés por alguien que sufre, cuando damos lo que tenemos, nos volvemos más amorosos a un ritmo constante. A medida que seguimos nuestro camino en la vida, optamos por dejar un legado de amor detrás de nosotros.

En cambio, cuando optamos por dar prioridad únicamente a nuestras metas, deberes e intereses, ignorando a las personas que nos rodean, nos volvemos más egocéntricos y solitarios. Y es posible que terminemos vagando sin rumbo en nuestro universo.

Hoy en día, pensamos que un filántropo es alguien que dona grandes sumas de dinero. Sin embargo, ese término viene de los vocablos griegos philos (amor) y anthropos (hombre): es decir, amor a la humanidad. Todos podemos ser filántropos. Podemos dar de nosotros mismos.  Edward Lindsey

Algo fascinante acerca de nuestra vida en esta tierra es que tenemos ilimitadas oportunidades de decidir basándonos en el amor por el prójimo, en querer ayudar a la humanidad. A diario poder actuar con amor para beneficio de los demás. A menudo, esa es nuestra idea principal al inicio de una carrera o labor; queremos ayudar a los demás. Sin embargo, lo que sucede es que nos vemos envueltos en un torbellino de trabajo, nos esforzamos más allá del límite de tiempo del que disponemos, nos dejamos llevar por las circunstancias cambiantes y deberes que compiten entre sí, y nos atrasamos debido a problemas inesperados, hasta que hemos olvidado la razón principal por la empezamos ese camino.

Qué triste que en nuestro ajetreo podemos incluso dejar pasar la oportunidad de estar con quienes amamos más: nuestros hijos, familia y seres queridos.

Esta es una carta de un padre a su hijo, que ejemplifica bien este punto.

Hijo, escúchame. Voy a decirte esto mientras duermes con una mano bajo la mejilla y los rizos dorados húmedos sobre la frente. He entrado a tu cuarto a solas. Hace unos minutos, mientras leía el diario en la biblioteca, me asaltó un remordimiento agobiante. Al sentir culpa decidí venir a verte.

Esto es lo que he pensado, hijo: He estado enojado contigo. Te regañé cuando te vestías para ir al colegio porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te llamé la atención por no limpiarte los zapatos. Te grité porque tiraste algo al suelo.

Durante el desayuno también te reñí. Manchaste el mantel. Engulliste la comida. Pusiste los codos en la mesa. Le pusiste mucha mantequilla al pan. Y cuando salías a jugar y yo me iba a trabajar, te diste la vuelta y me saludaste con la mano diciendo:

—¡Adiós, papito!

Fruncí el ceño y te respondí:

—¡Ponte derecho!

Por la tarde pasó lo mismo. […]

Más tarde, mientras yo leía en la biblioteca, entraste tímidamente en el cuarto. Tu expresión parecía dolida, ¿te acuerdas? Levanté la vista, molesto por la interrupción, te quedaste vacilando en la puerta.

—¿Qué quieres? —te dije bruscamente.

No me respondiste, pero te acercaste corriendo y con gran emoción me echaste los brazos al cuello y me diste un beso.  Me estrechaste entre tus bracitos con un cariño que Dios ha hecho florecer en tu corazón y que ni aun el abandono ha logrado marchitar. Luego desapareciste escaleras arriba.

Pues bien, hijo, poco después se me cayó el periódico de las manos y tuve un miedo atroz. ¿Qué terrible costumbre había adquirido? La de censurarte, de desaprobar lo que haces. Así te premio por ser niño. No es que no te quiera; es que te exijo demasiado para lo joven que eres.

Y en tu carácter hay tanto que es bueno, excelente, verdadero. Tu corazoncito es tan grande como el amanecer sobre los montes. Eso quedó demostrado cuando de manera espontánea te apresuraste a darme un beso de buenas noches. Hijo, esta noche nada más importa. He venido junto a tu cama en la oscuridad y me he arrodillado, ¡lleno de vergüenza!

Es lo único que se me ocurre hacer como desagravio. Sé que no entenderías todo esto si te lo dijera cuando estás despierto. Sin embargo, ¡mañana seré un buen papá! Andaremos como buenos amigos, sufriré cuando sufras, reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando afloren a mis labios palabras impacientes. Como si fuera un ritual, repetiré para mis adentros: «Es un niño, ¡es un niño pequeño!»

Hijo, ahora que te veo cansado en cama, me doy cuenta de que todavía eres un niño. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza sobre su hombro. He esperado demasiado de ti, demasiado.  W. Livingston Larned

Ponernos en el lugar de otra persona y dedicar tiempo a pensar en los motivos por los que actúa de esa manera es mucho más gratificante que la crítica; y engendra empatía, tolerancia y bondad.

Un sabio dijo en una oportunidad: «El mismo Dios no quiere juzgar a la humanidad hasta el fin de los días. ¿Por qué deberíamos hacerlo tú y yo?»

¿Cómo perdemos contacto con las necesidades de los demás? Viene a ser cuestión de las decisiones cotidianas; primero necesitamos pasar tiempo en comunión con Jesús para renovarnos por medio de Su Espíritu, y luego dedicar tiempo a aminorar la marcha lo suficiente como para manifestar Su amor, interés y consideración a los demás.

El amor de Jesús es lo bastante fuerte y puro para soportar nuestras faltas, que son muchas, por ser humanos. Todos necesitamos pedir al Señor que nos infunda esa clase de amor; un amor que se manifieste independientemente de que congeniemos con la otra persona, nos parezca que tenemos suficiente tiempo, consideremos que el otro merece nuestro amor o pensemos que la necesidad de él sea importante. Un amor que se manifieste aunque otro invada nuestro espacio personal o arruine nuestros planes perfectamente trazados. Un amor que aprecie a toda persona por lo que es; alguien a quien Jesús ama, alguien que Él puso junto a nosotros y a quien quiere amar a través de nosotros. Un amor que se manifieste aunque la otra persona sea impuntual, egoísta, maleducada, desarreglada o desorganizada, o se equivoque de plano.

El amor debe ser lo que nos motive. Debe ser lo que nos impulse. Y será lo que mantenga el equilibrio. Será lo que nos motive a interrumpir lo que estemos haciendo para ayudar a otro, simplemente porque lo necesita. El amor nos ayudará a ver a nuestro prójimo con los ojos del Señor y a estar dispuestos a manifestarle el amor de Él.  María Fontaine

Hay muchas formas de manifestar amor y dependerá de cada uno de nosotros que dediquemos tiempo a reflexionar y pensar cómo podemos manifestar más amor. ¿Cómo podemos acercarnos más a los demás? ¿Cómo podemos añadir más sentido a nuestra vida? Es un asunto personal, algo para la autoevaluación. Podemos quedarnos un rato en silencio, con un cuaderno o diario, y repasar la manera en que pasamos el tiempo. Pensemos en lo que hacemos por Dios y los demás y en cómo podemos amar más al prójimo.

Podemos escribir todo lo que queremos mejorar. Podemos fijarnos metas alcanzables. Es un paso sencillo y no lleva mucho tiempo, pero podría transformar la vida de las personas que se cruzan por nuestro camino. Y mientras estamos en ello, es posible que hasta nos cambie la vida.

Estos son algunos puntos para reflexionar:

  • Dedica unos minutos a evaluar cuánto te sacrificas y manifiestas amor diariamente. ¿De verdad te detienes y manifiestas amor a los que lo necesitan?
  • Si Dios te pide que hagas un sacrificio, grande o pequeño, solo por amor y altruismo, sabiendo que se te devolvería poco o nada, ¿lo harías?
  • Cuando no tienes ganas de tomar la iniciativa a fin de amar a alguien, cuando te parece que esa persona debería ser la que se acerque a ti, ¿estás dispuesto a dar el primer paso para dar amor independientemente de las circunstancias?
  • ¿Estás dispuesto a detenerte, a escuchar y mostrar interés por los demás?

***

¿Te comprometerás en este momento a esforzarte por amar al prójimo sinceramente y de todo corazón, tal como Jesús te ha amado, a amar a los demás porque «el amor de Cristo te constriñe»[1], a dejar que resplandezca Jesús a través de ti, manifestando a tus seres queridos la compasión, el interés y la comprensión que el Señor siente por ellos? A todos nos hace muchísima falta.

¿Prometes hacer a diario la siguiente oración?: «Jesús, te ruego que me ayudes a amar hoy a mis compañeros de trabajo, a mis alumnos, a las personas con quienes hable. Aunque no haga otra cosa hoy, ayúdame a manifestar amor a todo el que se cruce en mi camino: a abrazar y demostrar cariño a los que lo necesiten; a tratar con compasión a quien le haga falta saber que entiendo su situación; a tener paciencia con los que están confusos y los que dudan, sabiduría con los que desean expresar sus opiniones y sentimientos y no saben cómo, y tolerancia con quienes no parecen esforzarse como debieran; a orar por los que llevan una carga pesada; a comprender y atender amorosamente a los enfermos; y a echar una mano a los que bregan con una tarea dificultosa».

Una cosa más: si no entiendes lo que le pasa a alguien y tienes la tentación de criticarlo o juzgarlo con severidad por alguna debilidad física, emocional, mental o de la índole que sea, no te apoyes en tu propia prudencia. Procura entender el caso desde la perspectiva misericordiosa del Señor.

Ámense los unos a los otros como Jesús los ha amado[2]. En esto conocerán todos que son Sus discípulos, si tuvieran amor los unos por los otros[3]; no por una hora ni por un día, sino siempre. Un amor inagotable, un amor que no abandona, un amor tenaz. Un amor que saca a los demás a flote, que trasciende, que ve más allá. Un amor que soporta, que sostiene, que sana. Un amor que nunca se acaba, que no conoce límites.

¿Te comprometerás a pedirle cada día a Jesús que te llene de Su amor a fin de que puedas verter Su bálsamo sanador sobre toda persona que encuentres en tu camino y a hacer con los demás como te gustaría que hicieran contigo?  María Fontaine


Notas al pie

[1] 2 Corintios 5:14.

[2] Juan 13:34.

[3] Juan 13:35.