Inicio  »   Feliz Navidad  »   Lecturas navideñas  »   La celebración de un regalo perfecto en un mundo imperfecto

La celebración de un regalo perfecto en un mundo imperfecto

Recopilación

¿Por qué anhelo siempre una Navidad perfecta?

En la mente tengo grabada la imagen de una que apenas puedo describir. Es nostálgica, tierna y acogedora, mágica y memorable. Pero año tras año me llevo una desilusión cuando la Navidad no cumple con mis expectativas o las circunstancias no son de mi agrado.

Al reflexionar sobre el asunto, dudo que ninguna Navidad haya sido «perfecta». Incluso la primera Navidad, por la que celebramos que el amoroso Salvador vino a este mundo como un tierno bebé, distó mucho de ser perfecta.

Si María era una mujer normal y corriente cuando dio a luz a su primogénito, tuvo que pasar por las penurias del parto y terminar completamente agotada.

A José le debió preocupar el panorama de su nueva familia. Seguramente se sintió también un poco avergonzado; a fin de cuentas, lo mejor que pudo conseguir para que su joven esposa tuviera a su primer hijo fue un establo. Quizá hasta se preguntó si podría mantenerlos de ahí en adelante.

Lo más probable es que el grupito de pastores que, en mitad de la noche, vieron aparecer a un ángel de la nada se llevara un susto de muerte, por lo menos al principio. Quizás pensaron que se trataba del fin del mundo, y por eso el ángel comenzó su anuncio diciendo «¡No temáis!»[1]

A cientos de kilómetros de distancia, una asombrosa aparición en el firmamento provocó extrañeza y confusión a unos hombres sabios y eruditos. Tanto fue así que decidieron efectuar un largo periplo para descubrir su causa. Y al llegar a Judea, probablemente aumentaron su curiosidad y desconcierto al enterarse de que en el país no había ningún rey recién nacido. Prosiguieron su jornada hasta encontrar al pequeño, que carecía de honores y alabanza mundana, pero ellos sabían que era merecedor de sus tres valiosas ofrendas.

Debido a un nuevo decreto, todos los judíos de esa época andaban desplazados; viajando, posiblemente se sentían deprimidos, con nostalgia por sus hogares o enfermos. Quizás hasta se preguntaban por qué Dios había permitido que sufrieran todo eso, o si se preocupaba por ellos. Pero Su respuesta ya estaba en la Tierra y reposaba en el lugar más insospechado: un pesebre.

La primera Navidad no fue perfecta, ni tampoco lo ha sido ninguna Navidad desde aquel día perfecto.

Pero, ¡cada una fue espléndida!, por el amor que compartimos ese día, por dar y recibir regalos que nacen del corazón, por el gozo de estar en familia y con los amigos, por la emoción y admiración que despierta esta época.

Si durante estas fechas especiales se sienten solos, tristes o deprimidos, aun así la Navidad es la época más hermosa y maravillosa del año gracias a la promesa que nos ha sido dada y que se renueva cada Navidad. Es la promesa de un amor auténtico e imperecedero, que motivó a Jesús a dejar el lugar más espléndido que existe para transitar por los caminos polvorientos de este mundo. Y a estar dispuesto a sufrir privaciones, dolor y muerte para cumplir la promesa de caminar a cada paso del camino con cada uno de nosotros.

Nadie está completamente solo, y la Navidad es un día para apreciar la belleza de tan exquisito regalo: el amor eterno, y la promesa de vivir eternamente junto al Creador de dicho amor.

Después de todo, Él es el motivo de esta temporada.  Jewel Roque[2]

De palacios de marfil

Para muchas personas, la Navidad no guarda ninguna alegría. De hecho, la jovialidad, la decoración y la música navideñas producen sentimientos discrepantes producto de memorias, emociones y experiencias negativas asociadas a esta temporada. […] Muchos lloran la pérdida de seres queridos producto del cáncer u otras enfermedades debilitantes o degenerativas. Para ellos, la Navidad no es sino el recuerdo de otra silla vacía. El desempleo, el subempleo, la abrumadora soledad, las expectativas incumplidas, los desamores y el rechazo también deforman y distorsionan la alegría de esta temporada en un espectáculo extravagante. En vez de ser motivo de celebración, la época más maravillosa del año parece ser una burla cruel…

La enorme emoción, anticipación y belleza de la Navidad puede transformarse en dolor, decepción y tristeza. En vez de entonar canciones de alegría, muchos emanan un amargo gemido que se confunde con el viento helado y frío.

A ese mundo inhóspito y congelado llegó Dios. Sin ninguna clase de protección ante el dolor y la tristeza, Dios descendió a un mundo en el que la pobreza, la violencia y la amargura fueron parte diaria de Su existencia humana, encarnada en Jesús. José y María, poco más que adolescentes, eran pobres. María dio a luz al Mesías en un sucio establo. El rey Herodes el Grande empleó su poder para masacrar a todos los niños varones, menores de dos años, nacidos en Belén. Los pastores dormían sobre la hierba de las colinas, su hogar nómada. Incluso durante el ministerio público de Jesús, su primo, Juan el Bautista, fue decapitado. Jesús sufrió rechazo y terminó muriendo como un criminal. Solo un puñado de mujeres lo acompañaron hasta el final y lloraron a su lado. El antiguo himno «De palacios de marfil» lo expresa a la perfección:

De palacios de marfil a un mundo de dolor,
solo Su eterno amor movió a mi Salvador.

A ese mundo inhóspito y sombrío descendió Jesús. Llegó a este mundo de dolor y sufrimiento, dudas y decepciones, anhelos y soledad, para convivir con nosotros. Para acompañarnos debido a «Su eterno amor». El Evangelio de Juan nos dice que Dios no se mantuvo apartado de la humanidad ni de su sufrimiento, sino que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros»[3]. Para quienes la Navidad es todo menos «la época más maravillosa del año», Emanuel —Dios en nosotros— se vuelve nuestro consuelo.

Y quienes celebramos la temporada navideña como la época más maravillosa del año podemos demostrar su belleza, alegría y celebración ayudando a quienes vagan a tientas en este mundo desierto y oscuro, haciendo nuestra parte, dando todo de nosotros y compartiendo nuestro corazón.  Margaret Manning[4]

Una Navidad imperfecta

Si al llegar la Navidad reaccionan como yo, probablemente tienen una idea de cómo debe ser la Navidad perfecta. A lo mejor imaginan un enorme árbol, incontables decoraciones, un destino ideal para ir de vacaciones y una cena navideña en compañía de familiares y amigos, con ponche de huevo, pastel navideño o lo que sea que más les guste. Puede que imaginen una celebración de película, en donde toda la familia abre regalos al sonido de villancicos y cada regalo es exactamente lo que siempre quisieron…

No sé cuál habrá sido su experiencia, pero mis festividades rara vez han sido tan pintorescas o perfectas. Si bien han sido hermosas y divertidas, y guardo bellos recuerdos de ellas, la descripción de mis últimas navidades van de una Navidad tranquila a hay que seguir adelante a pesar de todo. Ninguna de ellas ha sido ni por asomo la Navidad perfecta que me habría gustado, pero cada una de ellas se ha convertido en un maravilloso recuerdo.

Hace poco decidí que la Navidad no tiene por qué ser perfecta. Mientras haya amor, alegría y la celebración del nacimiento de Jesús, no tiene por qué embelesarme de una manera mágica.

A fin de cuentas, la primera Navidad fue bastante desorganizada. Si recreáramos la Natividad con lujo de detalles, no tendríamos donde quedarnos, estaríamos agotados y viajaríamos con el único propósito de registrarnos para empadronarnos. Eso no suena divertido ni maravilloso bajo ningún punto de vista. Si le añadimos el nacimiento de un bebé y acostarnos a dormir rodeados de vacas y ovejas en un viejo establo, empieza a sonar como el peor día mi vida.

Pese a todo, sé que Dios obró un poquito de Su magia especial aquella noche. Ángeles se aparecieron a los pastores y una fulgurante estrella guió a los tres reyes magos en la búsqueda del rey que había nacido. Apuesto a que María y José atesoraron aquella noche de locos y a menudo le contaron aquel asombroso relato a Jesús mientras crecía. Hoy en día la vida también puede ser bastante abrumadora, pero Jesús siempre nos sale al encuentro con Su toque único y maravilloso.

Si alguna vez se sienten tristes porque una Navidad no resultó como esperaban, ayuda mucho hallar la manera de mejorar un poco la celebración de otra persona. Cuando era pequeña solía visitar asilos de ancianos en la época navideña. Era hermoso ver cuán felices se ponían. El simple hecho de visitarlos les recordaba que no estaban solos ni olvidados y que alguien iría a verlos, les cantaría, les haría tarjetas navideñas o lo que fuera que decidiéramos hacer cada año.

Las visitas navideñas a orfanatos y residencias de ancianos me recordaban cuánto tenía que agradecer. Hacía que las pequeñas quejas por no disfrutar de una Navidad perfecta fueran triviales. 

No tiene nada de malo esmerarse por crear una Navidad hermosa y guardar tradiciones o expectativas de lo que hace que esas fechas sean especiales para uno y para amigos y familiares. Pero no se desanimen si no es perfecta. Tal vez sus padres no cuenten con el presupuesto para la clase de regalos que sus amigos reciben o no se puede reunir toda la familia porque viven muy lejos. Hay toda clase de cosas que impiden que la Navidad sea ideal o perfecta.

Pero si en Navidad ocurre algo que le resta un poco de brillo, procuremos aceptar el reto de hallar belleza en medio del caos. A Dios con frecuencia le gusta hacerse presente en circunstancias imperfectas, tal como lo hiciera en el establo hace ya mucho tiempo. Él puede ayudarnos a encontrar lo que hace de la Navidad un evento realmente maravilloso.

En Navidad celebramos que Jesús haya venido a la tierra en un entorno poco ideal. Sin embargo, el amor de Su nacimiento significa tanto para nosotros que lo vuelve una fecha memorable. Los mejores recuerdos navideños no son necesariamente en los que todo salió perfecto, sino que suelen ser momentos poco ideales rodeados del amor de nuestros familiares y amigos. Pensar en todo lo que tenemos para estar agradecidos nos permite disfrutar de una maravillosa Navidad imperfecta.

«La Navidad no se trata de perfección. Es celebrar a Aquel que nos salvó de nuestra necesidad imposible de ser perfectos»[5].  Tina Kapp

Publicado en Áncora en diciembre de 2015.


Notas al pie

[1] Lucas 2:8-10

[2] Extracto de un podcast de Solo una cosa

[3] Juan 1:14

[4] Out of Ivory Palaces.

[5] Embrace Imperfection, Tsh, Simple Mom, 24 de diciembre de 2012, Embrace Imperfection

[6] Extracto de un podcast de Solo una cosa