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¿Qué hombre es este?

Vino a la Tierra como un recién nacido débil e indefenso, hijo de una humilde muchacha que lo concibió milagrosamente sin haberse acostado con varón alguno. Es más, la noticia de su embarazo fue tan escandalosa que, cuando el hombre con quien debía casarse se enteró, decidió romper el compromiso y suspender la boda. Eso hasta que intervino un majestuoso ser celestial y le instruyó que se quedase con ella y criase a aquel niño tan singular.

Si bien estaba predestinado para ser rey -y lo que es más, Rey de reyes-, no nació en un palacio rodeado de ilustres cortesanos. En cambio, vio la luz en el suelo sucio de un establo, entre vacas y asnos. Sus padres lo envolvieron en trapos para acostarlo en un comedero de animales.

Su nacimiento no le proporcionó reconocimiento, honores ni fanfarria alguna por parte de las instituciones y gobiernos de Su época. Sin embargo, aquella noche, en una colina cercana, un abigarrado grupo de pastorcillos pobres quedó atónito cuando una luz casi cegadora los iluminó desde el cielo estrellado y un coro de ángeles llenó la noche con su proclama y cántico celestial: «¡Gloria a Dios en las alturas! Paz a los hombres de buena voluntad. Porque os ha nacido hoy un Salvador, que es Cristo el Señor.»

Lejos de allí, al Oriente, apareció otra señal en los cielos. Una estrella resplandeciente llamó la atención de ciertos sabios, quienes interpretaron su significado y la siguieron. La estrella los condujo a través de cientos de kilómetros de desiertos hasta el pueblito de Belén, donde honraron al niño con sus valiosos presentes.

El padre terrenal de este niño era carpintero, un humilde artesano, con el cual vivió y trabajó mientras crecía. Se adaptó a nuestra forma de vida, costumbres, lenguaje y vestimenta a fin de comprendernos mejor y poder comunicarse con nosotros al humilde nivel de nuestro raciocinio humano. Aprendió a amar a la humanidad. Vio nuestro sufrimiento y tuvo gran compasión de nosotros. Además de sanar nuestros cuerpos enfermos y quebrantados, ansiaba salvar nuestras almas inmortales.

Cuando le llegó el momento de comenzar Su obra maestra, fue por todas partes haciendo el bien, ayudando a la gente, interesándose por los niños, consolando, fortaleciendo a los cansados y salvando a cuantos creían en Él. Además de predicar Su mensaje, lo vivió entre la gente. No solo atendía las necesidades espirituales de las personas, sino también sus necesidades físicas y materiales, sanándolas milagrosamente cuando estaban enfermas y dándoles de comer cuando tenían hambre. En todo momento compartió Su vida y Su amor.

Su religión era tan simple que afirmó que había que volverse como un niño para aceptarla. No dijo que hubiera que celebrar cultos en templos; no predicó que hubiera que asistir a la sinagoga o a la iglesia. Nunca enseñó a la gente que tenía que observar complicados ritos ni reglas difíciles de cumplir. Lo único que hizo fue pregonar y manifestar amor, procurando conducir a los hijos de Dios al verdadero Reino Celestial, en el que las únicas leyes son «amarás al Señor con todo tu corazón» y «amarás al prójimo como a ti mismo».

Se relacionó muy poco con los pomposos dirigentes eclesiásticos de Su época, a excepción de las ocasiones en que insistían en importunarlo con sus preguntas capciosas. En ese caso los reprendía públicamente y los ponía en evidencia demostrando que eran «ciegos guías de ciegos». Hasta llegó a compararlos con sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, inmaculados y santos, pero por dentro están llenos de corrupción, inmundicia y apestosos huesos de muertos.

No fue un mero reformador religioso, sino un revolucionario. Se negó a transigir con el falso sistema religioso, y obró completamente al margen del mismo. Comunicó Su mensaje y Su amor a la gente corriente y a los pobres, la mayoría de los cuales hacía mucho tiempo que se habían apartado de la religión institucionalizada y habían sido abandonados por ésta.

Nunca entró en un bar látigo en mano para romper botellas y echar al barman. Tampoco irrumpió en un prostíbulo para golpear a las pobres muchachas, volcar las camas y a arrojar a los hombres por las ventanas. En cambió, sí condenó a los dirigentes religiosos por convertir el templo -que debía ser casa de oración- en cueva de ladrones. Dos veces improvisó un azote, entró en el templo, volcó las mesas, desparramó el dinero y expulsó a los codiciosos cambistas.

Su reputación lo tuvo sin cuidado. Fue compañero de borrachos, prostitutas, publicanos y pecadores, de los marginados y oprimidos por la sociedad. Hasta llegó a decirles que ellos entrarían en el Reino de los Cielos antes que la llamada gente buena: los farisaicos dirigentes religiosos que lo rechazaron y despreciaron Su sencillo mensaje de amor. El poder de Su amor y de Su convocatoria era tal e inspiraba tanta fe entre los que buscaban sinceramente la verdad que muchos no vacilaron en dejarlo todo y seguirlo de inmediato.

En cierta ocasión, mientras Él y Sus discípulos cruzaban un extenso lago, se desató una feroz tempestad que amenazaba con hacer zozobrar la nave en que se encontraban. Ordenó a los vientos que se calmaran y a las olas que se aquietaran, y enseguida hubo gran bonanza. Sus discípulos, atónitos ante tal demostración de poder, exclamaron: «¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?»

En el transcurso de Su obra, dio vista a los ciegos y oído a los sordos, sanó a leprosos y resucitó muertos. Tan prodigiosas fueron Sus obras que uno de los jerarcas del orden religioso que se oponía enconadamente a Él llegó a afirmar: «Sabemos que has venido de Dios, porque nadie puede obrar estos milagros que Tú haces si no está Dios con él».

A medida que Su mensaje de amor se fue propagando y Sus seguidores se fueron multiplicando, los envidiosos dirigentes eclesiásticos se dieron cuenta de la amenaza que suponía para ellos aquel carpintero desconocido hasta hacía poco tiempo. Al liberar a la gente de la autoridad y dominio de la cúpula eclesiástica, la sencilla doctrina de amor que pregonaba iba socavando el orden religioso de la época.

Finalmente Sus poderosos enemigos obligaron a los gobernantes a detenerlo sobre la base de falsas imputaciones de sedición y subversión. Y aunque fue declarado inocente por el gobernador romano, aquellos hipócritas lo presionaron y lo convencieron para que lo mandara ejecutar.

Horas antes de Su detención, este hombre, Jesús de Nazaret, había dicho: «No podrían tocarme siquiera sin el permiso de Mi Padre. A una simple señal Mía, Él enviaría legiones de ángeles a rescatarme.» En cambio optó por dar la vida por ti y por mí. Nadie se la quitó. Él la entregó, la renunció por voluntad y decisión propia.

Pero ni siquiera Su muerte satisfizo a Sus celosos enemigos. Para impedir que Sus seguidores sustrajeran el cuerpo y afirmaran que había resucitado, cerraron el sepulcro con una enorme piedra y apostaron en el lugar a un grupo de soldados romanos para que la custodiaran. Aquella estratagema resultó inútil, pues esos mismos guardias fueron testigos del más grandioso de los milagros. Tres días después que Su cuerpo fuera depositado en aquel sepulcro frío, resucitó de la muerte, triunfando sobre ella y sobre el infierno para siempre.

Ni la muerte fue capaz de detener Su obra o de silenciar Sus palabras. Se levantó para conducir a Su pequeño grupo de seguidores a la mayor de las victorias: el derrocamiento del Imperio Romano por medio del amor y el poder del Evangelio. El amor de Dios arrolló a Sus envidiosos adversarios cual gigantesca marea que cubrió la Tierra, y fueron dejados atrás, tan inertes y áridos como Él predijo.

Desde aquel día milagroso de hace casi 2.000 años, este Hombre, Jesucristo, ha hecho más por cambiar el curso de la Historia, de nuestra civilización y de la condición humana que ningún otro dirigente, grupo, gobierno o imperio. Ha salvado a miles de millones de personas de la desesperanza, del temor a morir y de la muerte misma, y ha concedido la vida eterna y manifestado el amor de Dios a cuantos invocaron Su nombre.

Jesús no fue un simple filósofo, maestro, rabí o gurú. Ni siquiera un profeta, sino el mismísimo Hijo de Dios.

Dios, el gran Creador, es Espíritu, omnipotente, omnisciente, omnipresente. Semejante concepto sería para nosotros demasiado difícil de captar. De ahí que para manifestarnos Su amor, acercarnos a Él y llevarnos a comprender Su esencia, dispuso que Su propio Hijo, Jesucristo, tomara forma corporal y bajara a la Tierra. Si bien muchos grandes maestros han vertido enseñanzas sobre el amor y sobre Dios, Jesús es la quintaesencia del amor. Es Dios. El único que murió por los pecados del mundo y que resucitó de entre los muertos. Se encuentra, pues, en un plano totalmente distinto a todos los demás, porque es el único Salvador. Dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por Mí» .1

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¿Cómo puedes saber a ciencia cierta que Jesucristo es el Hijo de Dios, el camino de la salvación? Muy sencillo: ¡basta con ponerlo a prueba! Pídele humildemente que se te manifieste y te revele Su amor. Pídele que entre en tu corazón, te perdone tus pecados y llene tu existencia de amor, paz y alegría.

Jesús es real y te ama. Tanto es así que se sacrificó por tus pecados y murió en tu lugar a fin de evitarte el sufrimiento. No pide otra cosa de ti que aceptes Su perdón y la vida eterna que te ofrece gratuitamente. Sin embargo, Él no puede salvarte a menos que tú quieras. Su amor es todopoderoso, pero Él no entrará a la fuerza en tu vida.

Jesús dice: «He aquí, Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20). Él toca con suavidad la puerta de tu corazón. No la rompe ni la abre de un empellón, sino que aguarda mansa, paciente y amorosamente que le abras tu vida y le pidas que entre.

¿Aceptas a Jesús? Será tu más íntimo amigo y compañero. Permanecerá siempre a tu lado. Él vino por amor, vivió con amor y murió por amor, para que todos pudiéramos vivir y amar eternamente.

Puedes recibir a Jesús en tu corazón ahora mismo. No tienes más que hacer esta breve oración:

«Buen Jesús, perdóname todas mis malas acciones. Creo de verdad que eres el Hijo de Dios y que moriste por mí. Te abro la puerta de mi corazón y te invito a entrar en mí. Regálame la vida eterna que prometiste a los que creyeran en Ti. Ayúdame a comunicar Tu amor y Tu verdad a los demás. Amén.»

Dios ha prometido responder a tu oración. A partir de ahora eres hijo Suyo. Además, ha dicho que nunca te dejará ni te desamparará. ¡Tal es el amor que alberga por ti!

1. Juan 14:6

2. Apocalipsis 3:20

(Este texto fue escrito porDavid Berg y se encuentra en el libro Atrévete a ser diferente, producido por
Aurora Production)