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Cómo superar los vicios

Todos tenemos hábitos, unos buenos y otros malos. Cualquier cosa que hagamos automática e inconscientemente es un hábito. Los buenos hábitos, como por ejemplo ser ordenado, cortés, puntual y bien educado, son una maravilla. Pero cuando las costumbres que adquirimos son perjudiciales para nosotros y para los demás, cambian de nombre y pasan a ser vicios.

¿Cuántas veces has intentado superar un mal hábito y te has sentido prácticamente impotente para deshacerte de él por mucho que intentaras hacer uso de tu fuerza de voluntad? Lo cierto es que tenemos debilidades propias de la naturaleza humana que pueden convertirse en vicios y malos hábitos si nos descuidamos.

Lo que la mayoría de la gente no comprende es que con frecuencia un vicio o una mala costumbre es algo más que una simple reacción natural que tenemos inculcada. Cuando se tiene cierta debilidad y se cede a ella durante un tiempo bastante prolongado, muchas veces tiene raíz en la dimensión espiritual, donde Dios y Sus fuerzas angélicas por un lado, y el Diablo y sus malos espíritus por el otro procuran influir en nuestros pensamientos y acciones. «No tenemos lucha contra sangre y carne -reza la Biblia-, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:12).

Para superar un vicio, lo primero que hay que hacer es librarse de la fuerza espiritual que lo causa. Según la Palabra de Dios, hay espíritus malignos -demonios, como se los llama comúnmente- que se especializan en fomentar ciertos pecados y vicios con la intención de perjudicarnos. Cabe mencionar los demonios del alcoholismo, de la toxicomanía, del tabaquismo, del juego, de la gula y de los desórdenes alimentarios como la bulimia y la anorexia. Aunque esos son algunos de los vicios más evidentes, hay otros, como por ejemplo el odio, el resentimiento, el orgullo, los celos, el fariseísmo, la ira, el pesimismo, la manía de criticar, de decir mentiras o de engañar. Las fuerzas espirituales que atan a las personas a estos últimos vicios pueden ser igual de intensas y destructivas que las que impulsan a algunos a jugar, a consumir narcóticos o a abusar del alcohol.

En casi toda faceta de nuestra vida nos las vemos con demonios que procuran hacernos daño. Eso sucede sobre todo si tenemos alguna debilidad innata, como por ejemplo una inclinación a ser envidiosos o a criticar a los demás. El enemigo de nuestra alma puede aprovechar eso para tentarnos constantemente.

Por eso la Palabra de Dios dice que no demos lugar al Diablo (Efesios 4:27). Dar lugar a malos espíritus en tu fuero interno es como tener un inquilino en tu casa que se empeña en molestarte, perjudicarte y causarte toda clase de aprietos. Si le pides varias veces que se vaya y no te hace caso, finalmente, apoyándote en la autoridad que te confiere la ley -en este caso, la autoridad de la Palabra de Dios y del nombre de Jesús-, lo expulsas por la fuerza.

Pero para poder expulsarlo, primero tienes que reconocer que una fuerza espiritual te está aprisionando con ese vicio. Si deseas intensamente deshacerte de él, no te importará confesárselo al Señor, orar pidiéndole que te libre y resistir las tentaciones que se te presenten en un futuro.

Apenas oramos y le pedimos a Jesús que nos libre, quedamos efectivamente liberados. Para ello contamos con Sus promesas: «Toda potestad me es dada en el Cielo y en la Tierra», dijo Jesús (Mateo 28:18). «Todo lo que pidiereis [...] en Mi nombre, lo haré» (Juan 14:13). «Si el Hijo [Jesús] os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8:36).

Al orar, debemos citar y recordarle al Señor las promesas que nos ha hecho en Su Palabra. Eso es señal de que tenemos fe en ella. No debemos dudar ni por un momento que Dios nos va a responder. ¡Y lo hará! Tiene que hacerlo, porque lo ha prometido.

Aunque hay transformaciones que son instantáneas, otras llevan tiempo. Aun después de haber orado, a veces hace falta un poco de tiempo para liberarse por completo del hábito. El Diablo y los suyos no se dan por vencidos y se largan así como así. Procuran recuperar el terreno perdido. Pero si hemos pedido ayuda a Jesús, tenemos una gran ventaja. Es posible que antes de librarnos, el espíritu que nos ataba ejerciera bastante control sobre nosotros; pero una vez que nos hemos librado, tenemos fuerza suficiente para resistirlo y evitar que vuelva a adueñarse de nosotros. En eso debemos centrar nuestras plegarias. Además, nos conviene tomar algunas medidas prácticas para evitar reincidir.

Algunos vicios ejercen un control tan grande sobre las personas que las vuelven prácticamente impotentes para combatirlos a menos que reciban refuerzos espirituales en forma de las oraciones y el apoyo moral de los demás. Si después de rogar para librarnos de algo, las tentaciones amenazan con privarnos de la victoria alcanzada sobre nuestro vicio o adicción, tal vez nos toque confesárselo a alguien que tenga una fe sólida y pedirle que ore con nosotros para rechazar tales tentaciones y que no nos permita ceder a ellas. «Confesaos [...] mutuamente vuestras faltas y orad unos por otros para que seáis curados [espiritual y físicamente]. Mucho puede la oración fervorosa del justo» (Santiago 5:16, NC). «Si dos de ustedes en la Tierra se ponen de acuerdo sobre cualquier cosa que pidan, les será concedida por Mi Padre que está en el Cielo. Porque donde dos o tres se reúnen en Mi nombre, ahí estoy Yo en medio de ellos» (Mateo 18:19,20, NVI).

Aunque nos hayamos librado del espíritu que nos afectaba, la costumbre todavía estará arraigada en nosotros, y es posible que nos veamos tentados nuevamente en ese punto, sobre todo si se trata de algo de larga data. Lo que no hay que hacer es darse por vencido. Reprende la sola idea de la tentación. Nadie puede evitar que le asalten tentaciones, pero no tenemos que ceder a ellas. Un viejo adagio nos enseña: «Aunque no puedes evitar que las aves revoloteen sobre tu cabeza, sí puedes impedir que aniden en ella». El Diablo no puede vencernos a menos que nos rindamos. Tienes que devolverle el golpe cada vez que pruebe contigo una de sus tácticas. «Resistid al Diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4:7).

Una de las mejores defensas que existen contra las tentaciones -además de acudir a Jesús para que nos ayude e invocar Sus promesas- es mantenernos ocupados sirviendo a Dios y al prójimo, una suerte de terapia de trabajo que nos mantiene tan sumidos en actividades provechosas que no tenemos tiempo de pensar siquiera en recaer en el vicio. Los grupos de apoyo son también una gran ayuda. Viene bien contar con personas que comprendan nuestra situación o que se hayan visto en la misma situación o en una similar. «Mejores son dos que uno [...]. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero [...]. Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (Eclesiastés 4:9,10,12). Si necesitas superar una adicción o un vicio de larga data, comunícate con la comunidad más cercana de La Familia para que recen por ti y te brinden apoyo moral, consejos y compañerismo.

En casos extremos, por ejemplo frente a un alcoholismo o una toxicomanía crónicos, es posible que el apoyo esporádico de un grupo resulte insuficiente: puede requerirse la ayuda de profesionales las 24 horas del día hasta superar la etapa de desintoxicación y rehabilitación. Aunque sea humillante admitir que necesitas ese tipo de ayuda, puede salvarte la vida.

Por muy grave que sea el caso, mediante la oración y la fe en Jesús uno puede librarse. Nadie está imposibilitado de recibir Su ayuda y nada es demasiado difícil para Él (Jeremías 32:27). «Mayor es el que está en vosotros [Jesús], que el que está en el mundo [el Diablo]» (1 Juan 4:4). ¡Jesús es capaz de romper los grilletes de cualquier vicio o adicción que nos tenga aprisionados!