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La eficacia de la oración

El Señor deja que mucho dependa de nosotros, de nuestro interés y oraciones. Si solamente clamamos a medias, obtendremos media respuesta. En cambio, si clamamos con todo el corazón, nos da una respuesta clara y de todo corazón. Cuanto más intensa sea la oración, más nítido será el reflejo. La oración se refleja o es respondida con la misma intensidad con que se origina, como cuando se proyecta un haz de luz sobre un espejo.

Dios deja mucho en nuestras manos: si nosotros actuamos, Él también lo hace. Muchísimo depende de nosotros, de nuestra fe y oraciones y de lo que queramos que suceda. Si nos avivamos para rogar por una persona o una situación que lo necesite, Dios también se moverá y hará algo. Muchos tienen una actitud un poco perezosa y por lo visto piensan que Él lo hará todo, pase lo que pase. Pero lo cierto es que depende mucho de nosotros. Dios quiere que manifestemos interés orando, y que le pidamos en concreto lo que queremos.

Si de verdad tienes fe, Dios escuchará y responderá cada una de tus oraciones. Pero si no oras, no pasará nada. Depende muchísimo de nosotros. Tenemos que visualizar a las personas por las que oramos, rogar específicamente por ellas y pedirle al Señor que haga tal o cual cosa por ellas.

La oración se refleja en la respuesta con la misma intensidad con que se origina. Lo podríamos comparar con una onda de radio que da contra un satélite y se refleja según su intensidad. La potencia con que se genera determina la potencia con que se refleja y, a su vez, la que se recibe. El resultado de nuestra oración —la respuesta o ayuda que reciba la persona por la que oramos— depende de la intensidad o fervor de nuestra súplica. La persona no recibirá más de lo que enviemos.

¿Por qué hay respuestas tardan más en llegar que otras? Algunas oraciones se podrían comparar con ondas de radio que llegan a un planeta distante y rebotan. A veces tardan años, pero terminan por regresar.

Aunque nos gustaría que nuestras oraciones se respondieran de inmediato, es posible que eso no ocurra porque el Señor sepa que no es el momento indicado. Lo podríamos comparar con cuando se envía una nave espacial a la Luna. El momento depende de la posición de la Tierra y de la Luna. ¿Por qué se elige determinada fecha? Porque la Luna tiene que estar lo más cerca posible de la Tierra cuando llegue la nave espacial, a fin de que al momento del regreso a nuestro planeta, todavía esté lo bastante próxima para que la nave pueda realizar la travesía.

El billar también nos da una buena analogía. El juego tiene sus variantes, pero una de las más comunes se juega en una mesa con seis troneras o agujeros, y se utiliza una bola blanca para impulsar a las otras a las troneras. La dirección y el impulso iniciales los determina el jugador, y de ello depende el resto de la partida. Las modalidades más típicas del juego son así: se mpieza juntando quince bolas numeradas, formando con ellas un apretado triángulo en uno de los extremos de la mesa. Un jugador da la tacada inicial para dispersarlas por la mesa. A continuación, dos o cuatro jugadores tratan de meter en las troneras tantas bolas como puedan de las numeradas. No está permitido cambiarlas de posición con la mano, ni siquiera la bola blanca, salvo en ciertos casos concretos. El jugador debe procurar darle a la bola blanca con el taco de tal forma que golpee a una de las bolas con el ángulo preciso para empujarla hasta una tronera o para que golpee a otra, si es necesario haciéndola rebotar una o más veces en las bandas laterales.

La oración funciona de manera muy parecida. Dios es el autor de las reglas del juego, y Él dio la tacada inicial. Las diversas personas y situaciones están en la posición que Él ha determinado, y hay que jugar conforme a Sus reglas. Él dispone en un principio la posición de las bolas, y tenemos que jugar a partir de ahí.

Lo que pase después depende mucho de la ubicación de las diversas personas y situaciones, pero nuestra forma de orar por ellas también determina el resultado. La manera en que formulamos la oración y pedimos a Dios que la responda se podrían comparar con la forma de golpear la bola blanca con el taco. La fuerza, el ángulo y el efecto de la tacada se complementan para determinar el resultado de la jugada.

En ciertas modalidades del juego, hay que golpear las bolas en un orden determinado. No se puede golpear una bola hasta que le toque su turno a su número. Naturalmente, el que numeró las bolas fue el creador del juego.

En tu condición de jugador, no determinas la posición que ocupará la bola blanca o las otras cuando les llegue su turno. Todo eso depende de dónde hayan quedado al esparcirse por la mesa al comienzo y de las jugadas posteriores. Hay que esperar a que la bola blanca y la que se quiere golpear estén en la ubicación precisa para entronerarla. Y luego hay dar un buen tacazo para meterla donde se quiere.

En cierto sentido, Dios es el jugador principal. Fue Él quien dio el tiro de apertura esparciendo las bolas. Conforme avanza la partida, entre Él y los demás jugadores van alterando la posición de las bolas con sus jugadas. La única diferencia es que Dios no trata de vencerte. Si estás de Su parte, te ayuda a ganar.

Como en las partidas por parejas, tu compañero es Dios y el de tu rival es el Diablo. Dios hace Sus jugadas para facilitarte las tuyas. Claro que por muy bien que te lo prepare todo, si no apuntas bien no servirá de nada.

Por otro lado, por muy buenas tacadas que des, la bola —o sea, la persona o situación por las que estés orando— tiene que estar en una posición determinada para que la puedas golpear bien. Aunque estés jugando muy bien, si el camino hacia el objeto de tus oraciones está obstruido, tus oraciones no le llegarán. Depende mucho también del destinatario de tus oraciones. Para que se beneficie de ellas, tanto tú como él tienen que estar en la posición debida.

Otro ejemplo que podemos poner son las ondas de radio. Digamos que se envía un mensaje vía satélite al otro lado del mundo. Para empezar, el mensaje no se transmitirá si el aparato no está enchufado a la corriente. En segundo lugar, el transmisor tiene que estar en buenas condiciones. Si es defectuoso o no está sintonizado, o lo está en una frecuencia errónea, no transmite bien y el mensaje no llega con claridad. Además, la antena debe estar bien apuntada para que el mensaje llegue al satélite de comunicaciones.

En esta ilustración, tú eres el transmisor con su antena, el Espíritu Santo la fuente de energía y la voluntad de Dios el satélite. El Señor determina y limita el rumbo de tu oración, en cierto sentido, porque si no la diriges a la zona que cubre el satélite, el mensaje no llegará. El satélite, que es la voluntad de Dios, está en una órbita fija que no puedes cambiar, al igual que el designio general de Él, que también es fijo. Tienes que servirte de la antena para enviar tu oración dentro de los límites de la órbita fija del satélite. No servirá de nada si diriges el mensaje a otra parte. Tienes que apuntar bien.

Si estás bien sintonizado, el Espíritu Santo la dirige. Si tu transmisor es automático y el Espíritu Santo lo dirige, todo se sintoniza por sí solo, la potencia, la emisión y la dirección, mediante la computadora del Señor, sin que haya posibilidad de error. En cambio, si te pones a manosear los controles por tu cuenta, puedes echarlo todo a perder. Además, el satélite de la voluntad del Señor debe estar en la posición precisa para que la comunicación rebote hacia el receptor, y este debe encontrarse en la posición debida para tener recepción.

Como ves, son muchos los factores que influyen en el curso de la oración. Naturalmente, ese es uno de los motivos por los que no siempre se obtienen respuestas inmediatas. Puede que el problema esté en uno, o que no sea el momento indicado por Dios debido a que Su satélite aún no se encuentra en la posición debida. El problema también podría estar en el otro extremo.

Eso nos lleva a otra pregunta: ¿es necesario seguir rezando la misma oración una y otra vez hasta que Dios la responda, tal vez dentro de años? Para responder a eso, yo diría que lo más probable es que con la primera oración bastaría. Pero puedes continuar orando y recordarle al Señor que estás verificando si todavía está conectado, o si ya se ha comunicado con el destinatario. También puedes seguir emitiendo ondas rastreadoras confiando en que el receptor se sintonice y la capte.

En resumen, la oración depende de tres factores principales: tu posición, la de Dios, la de la persona o situación por la que ores y la manera en que lo hagas.

Volviendo a la ilustración de las bolas de billar, diríamos: depende de la posición de la bola blanca, la de la bola la que vas a golpear y la de la tronera, además de la manera en que tires o golpees la bola. Tú no determinas totalmente el resultado, tampoco la persona por la que oras, y Dios se ha fijado límites para no determinarlo totalmente, dejando que influya tu posición y la de los demás.

En la ilustración de la transmisión por radio, la posición del satélite de Dios es fija, pero la manera en que se utiliza depende de ti y del beneficiado. Dicho de otro modo: Dios ha fijado la posición general de Sus designios; pero el lugar que ocupes dentro del plan dependerá de tu posición y de la de la persona o situación por la que ores, y de que apuntes bien para que llegue la señal al satélite.

Él ha dejado mucho en nuestras manos, y también en manos del destinatario. Él siempre hace Su parte; Su órbita es fija, y Su satélite siempre está en la posición precisa. Por tanto, lo único que puede alterar el resultado es tu posición y la del beneficiado, así como la energía y dirección en que transmitas.

La oración es también como un problema matemático: mientras más complicado sea y más factores tenga, más difícil será dar con la solución. En un problema sencillo como cuánto son dos más dos, la solución es fácil. En cambio, para resolver los problemas más complejos hace falta tiempo.

Así funciona la oración. Si lo que se pide se ajusta a la voluntad de Dios —lo que a Su juicio es lo mejor para todos los afectados—, si tanto tú como el destinatario de tu oración están en la posición debida, y si apuntas con precisión y en el momento preciso, ¡darás en el blanco y lograrás el efecto deseado!