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La clase de submarinismo

Nyx Martínez

Mike hizo con las manos una seña que significaba: «mírame». Sacudí la cabeza, llena de pánico, y pataleé con más fuerza luchando como loca por llegar a la superficie. Mike me sostuvo con fuerza para mantenerme bajo el agua al mismo tiempo que volvía a darme la misma señal de «¡Mírame!»

Estábamos en el lecho marino. Explorábamos un arrecife de coral en el Mar de la China Meridional. Mike, mi instructor de buceo, me había dado una clase preparatoria en aguas poco profundas cerca de la playa. En esta ocasión nos encontrábamos en las profundidades y observábamos la boca de moluscos gigantes.

Al principio, me pareció fascinante el submarinismo. El fondo del mar estaba lleno de seres que solo había visto en fotos. Los otros buzos eran de una ONG dedicada a la conservación del medio ambiente. Tuve la fortuna de participar en la excursión submarina aquel soleado día de septiembre.

Antes de sumergirnos, pregunté a mi instructor:

—Este… ¿Veremos tiburones allá abajo?

—¡Si tenemos suerte! —respondió Mike entusiasmado.

No recuerdo en qué momento me entró pánico. Solo que de pronto me faltó el aire y sentí un martilleo en la cabeza. Pero mi destino no era quedar sepultada bajo las olas. Mike me hizo una seña para indicarme que me pellizcara con fuerza la nariz y respirara por la boca. Así bombearía aire hacia el interior del organismo igualando la presión. Me lo habían enseñado en las clases teóricas, pero en ese momento no daba resultado. La presión era excesiva y me dolía el pecho. Los dientes sujetaron con fuerza el regulador de la boca, y me dio claustrofobia. La mente me decía que tenía que llegar a la superficie para respirar con normalidad por la nariz.

Entonces él me hizo una señal para que lo mirara a los ojos, y luego otra con la mano que me indicaba que me relajara: «Inhala… exhala».

No podía creer que Mike no me fuera a ayudar a llegar a la superficie. Inhalé por la boca tan normalmente como el cerebro podía recabar la ayuda del cuerpo. Luego, exhalé despacio. Las burbujas que ascendían del regulador indicaban que todo estaba bien. Poco a poco, sentí como los pulmones se recuperaban, y al poco tiempo respiraba como siempre.

Mike me hizo una seña para indicarme que nadara más hacia abajo para mirar de cerca al pez payaso y otros animales del fondo. Durante la media hora siguiente, exploré un bello mundo lleno de tesoros naturales y me olvidé por completo de mi momentáneo ataque de pánico. Al final, llegamos a la superficie y nos ayudaron a subir al barco.

De vuelta en la playa, nos reímos con el resto de la tripulación de las aventuras de ese día.

—¡No me dejaste volver a la superficie para respirar! —le dije a Mike, protestando en broma.

—Pero estuviste bien después de relajarte, ¿verdad? —contestó con una sonrisa—. Tenías aire de sobra en el tanque. Todo estaba en tu imaginación. Después de superarlo, ¡querías quedarte allí!

Mike era un buzo con más de treinta años de experiencia, así que me imaginé que sabía bien lo que decía. Y sin duda en su trabajo de instructor de personas que buceaban por primera vez, como yo, probablemente veía con gran frecuencia situaciones de pánico como la mía.

Ahora, cuando me veo sumergida en un mar de problemas y me empieza a dar pánico, asocio lo que aprendí en el buceo al principio espiritual de relajarme y apoyarme en el Señor. Jesús me dice: «Inhala… exhala… Tienes aire de sobra en el tanque». En la mayoría de los casos, no me saca del fondo; por lo menos, no lo hace cuando a mí me parece que es el momento indicado. Solo me dice que me relaje y ponga los ojos en Él. Al hacerlo, me sereno lo suficiente para disfrutar del impresionante panorama.

Nyx Martínez es misionera de La Familia Internacional y vive en las Filipinas.