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Dios según Dios

¿Por qué? ¿Te has preguntado alguna vez por qué? Sí, por qué. ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro? ¿Por qué lo de más allá? Si te ha picado ese bichito de la curiosidad, estoy seguro de que tienes eso en común con la vasta mayoría de los seres humanos desde los albores de los tiempos. Pero ¿quién puede respondernos? A mi entender, el único capaz de responder a todos los interrogantes es Dios. Claro que no le veía mucho futuro a esa idea. Sin embargo, al reflexionar un poco más sobre el asunto, se me ocurrió algo extraño, ¿Aceptaría Él una entrevista?

--¡Qué tontería!—me decía una vocecita maliciosa--. Si así fuera, a estas alturas ya lo habría hecho.

Naturalmente, la idea era absurda. Aunque fuera posible, ¿qué pergaminos tenía yo para ser el entrevistador? Conjeturé que en todo caso habría innumerables personas más cualificadas que yo y que de haber sido posible ya se habría hecho.

Sin embargo, la idea seguía rondándome.

--A ver, ¿cómo entrevistaría a Dios?—cavilé.

--¡No!—volvió a decirme la vocecilla maliciosa--. ¡Qué ridiculez! El solo hecho de considerarlo es de locos.

--Sí, no cabe duda de eso—asentí una vez más.

Total que me sumergí en lo mío y traté de olvidarme de aquella idea «estúpida, disparatada, descabellada». No obstante, el pensamiento persistía. Cada vez que resurgía, la voz maliciosa lo descartaba, colgándole otro adjetivo peyorativo.

Tras varias rondas de discusiones con la voz maliciosa, se me ocurrió una nueva idea que me hizo recapacitar.

--Si no tienes ningún problema para dialogar con esa voz maliciosa, ¿por qué iba a ser más difícil escuchar a Dios?

Cuando ya me imaginaba que la voz maliciosa me iba a descargar otra andanada, de golpe enmudeció. Ni una palabra. ¿Qué había sucedido a mi contrincante de afilada lengua? Que había emprendido la retirada.

En su lugar, se oyó una voz indiscutiblemente más afable.

--¿Por qué no le pides una entrevista a Dios, a ver qué pasa?

Miré a mi alrededor para cerciorarme de que no hubiera nadie observando lo que sucedía. Menos mal que estaba solo.

--¡Vamos! ¡Pregúntaselo!—me espoleaba la voz afable.

--¿En serio? ¿Me concedería Dios una entrevista?—pregunté en voz alta.

--Quien no se arriesga no pasa la mar—me respondió.

Me aventuré, pues, y… en las siguientes páginas podrás leer el diálogo que tuvo lugar.


«¿Está Dios?»

Entrevistador: Bien. Eh… perdón. ¿Está Dios? (En este momento me parece oír un sí. A pesar de sentirme un tanto ridículo, prosigo.) Quisiera intercambiar unas palabras con Él.

Voz de origen desconocido:¿Con Dios? ¿Por algo en particular?

Entrevistador: Si fuera posible, me gustaría hacerle unas preguntas.

La misma voz: ¿Preguntas? ¿Qué preguntas?

Entrevistador: La verdad es que son bastantes. ¿Tendría un ratito libre para que le haga… eh… una entrevista o algo parecido?

Voz que a partir de ahora denominaré Secretario: A ver… ¿es una entrevista o es algo parecido?

Entrevistador: Una entrevista. Sí, una entrevista. (Para entonces me sentía ya un poco más envalentonado)

Secretario: ¡Pues sería la primera vez! ¡Vuelvo en un santiamén!

(En un santiamén, pensé. Me imagino que en el Cielo el tiempo no existe. Alguien debería poner al secretario un poco al corriente de las expresiones que se usan ahora.)

Secretario: Dice Dios que lo estaba esperando. ¡Adelante!

Entrevistador: Entonces, ¿está?

Secretario: Por supuesto. Pregunte lo que quiera.

Entrevistador: Muy bien. Estee… ¡Hola! Es un gran honor para mí poder hacerte estas preguntas. Te agradezco en el alma que me hayas concedido la entrevista.

Dios: Para Mí también es una gran satisfacción. Me llevó algún tiempo convencerte de esto y conseguir que te aventuraras.

Entrevistador: O sea, ¿que fue idea Tuya?

Dios: ¿Pensabas que había sido tuya la idea?

Entrevistador: Reconozco que inicialmente me pareció bastante descabellado.

Dios: Pensaste que te faltaba un tornillo.

Entrevistador: Sí, algo así.

Dios: Bien. Ahora que hemos aclarado eso, ¿quieres que empecemos?

Entrevistador: Claro, si te parece bien.

Dios: No podría haber mejor momento.

Entrevistador: Perfecto. Lo primero que quiero preguntarte –y con ello creo que expreso una inquietud mayoritaria—es: ¿Quién eres? Algunos te visualizan como un tierno caballero de edad avanzada y larga barba blanca. Otros te conciben como un jefe autoritario, supremamente estricto, que anda siempre garrote en mano. Otros más como un ente nebuloso y etéreo que nos ha abandonado a nuestra suerte. ¿Cómo eres en realidad?

Dios: Las distintas percepciones que tiene de Mí la mayor parte de la humanidad me parecen en cierto modo graciosas, pero también desconcertantes y a veces francamente tristes. Para entenderme bien es mejor no concebirme como una persona, sino como el Espíritu del amor. Esa es Mi esencia, y así se manifiesta más comúnmente Mi presencia en el mundo. El amor toca a todos los seres humanos alguna vez en su vida. Piensa en una persona a la que amas y que corresponde a tu amor. Recuerda cómo te sientes cuando estás en su compañía. Procura imaginarte como sería eso multiplicado no unas pocas, sino incontables veces. Eso te dará una idea de cómo soy.

Entrevistador: Es decir, que cuando nos encontramos a gusto con alguien, ¿estamos sintiendo Tu presencia? Algunos no estarán de acuerdo con eso; dirán que te estás atribuyendo el amor que le profesan a alguien o que alguien les profesa.

Dios: Aunque algunos no estén de acuerdo, debes entender que no estoy haciendo otra cosa que enunciar una verdad. No es que me esté atribuyendo todos los sentimientos de amor y ternura que albergan los seres humanos. A lo que me refiero es que el amor no es solamente una parte de Mí; es Mi esencia misma. Se lo he comunicado al mundo para que la gente tenga una idea de cómo soy. Yo soy amor.

Entrevistador: Dices que eres un espíritu. ¿Eso significa que no tienes rasgos humanos, es decir, cabeza, piernas, brazos y demás?

Dios: Yo creé al hombre a Mi imagen y semejanza. Sin embargo, la parte del hombre que se asemeja particularmente a Mí es el espíritu que mora en su interior. Soy capaz de manifestarme en forma corporal, humana, y de hecho a veces lo hago; pero no estoy limitado a eso.

Entrevistador: En ese caso, cuando vemos obras de arte en las que se te retrata de forma similar a Júpiter o Zeus, de la antigua mitología grecorromana, ¿eso se ajusta más o menos a la realidad?

Dios: Nunca he posado para un retrato terrenal, pero hay quienes han visto en ocasiones una manifestación humana de Mi persona. De modo que las representaciones de ese estilo que hacen de Mí son bastante verosímiles; se me puede concebir así. Pero en realidad, me gustaría que la gente trascendiera el concepto humano y llegara a entenderme más en el plano espiritual.

Entrevistador: Y eso ¿cómo?

Dios: Esforzándose por entender las Palabras que he dirigido a la humanidad en vez de ponerse a debatir cuál es Mi aspecto y Mi naturaleza.

Entrevistador: Entiendo. Es cierto que tenemos particular inclinación por el escepticismo y el análisis racional. Queremos saber bien con quién estamos tratando. Seguramente sabes a qué me refiero. Al fin y al cabo, Tú creaste a la humanidad, ¿no?

Dios: Sí, claro, lo entiendo. Ten en cuenta, sin embargo, que creé así a los seres humanos para ver quiénes superarían el escepticismo y se aventurarían a creer sencillamente.

Entrevistador: Te refieres a tener fe, ¿no?

Dios: Exactamente.

Entrevistador: Pero ¿es tan conveniente tener fe? Muchas veces los desaprensivos se aprovechan de ella. ¿No es preferible ser menos ingenuo y más cauteloso?

Dios: No me refiero a ser ingenuo. Tener fe en Mí no presupone ingenuidad. No quiere decir dejarse engatusar. Implica confianza. Una certidumbre.

Entrevistador: Ahora te voy a soltar una pregunta que lleva dándome vueltas en la cabeza desde que empezamos. ¿Cómo puedo saber si de verdad estoy hablando contigo? Todo esto bien podría ser producto de mi imaginación.

Dios: Podría ser, pero no lo es. Para esto precisas fe.

Entrevistador: Ya sé que me hace falta fe; pero me asaltaba la duda de que soy un pobre iluso, de que me estoy engañando a mí mismo.

Dios: Puedes evaluarlo por los resultados.

Entrevistador: No sé bien a qué te refieres.

Dios: Cuando repases la transcripción de esta charla, fíjate en cómo te afecta, si te parece que es un desvarío o si tiene sentido.

Entrevistador: De acuerdo, lo haré. Pero ¿cuál será la prueba? ¿Cómo sabré que no se trata de un desvarío? Puede que para mí tenga mucho sentido, pero en cuanto se corra la voz de que hablo contigo, me van a encerrar en un manicomio.

Dios: Entonces tendrás que darles a leer lo que estás escuchando y dejar que cada uno se forme su opinión. Lo peor que pueden pensar es que eres un chiflado inofensivo.

Entrevistador: ¡Chiflado! ¿La gente va a pensar que estoy chiflado? Eso no es muy reconfortante que digamos.

Dios: Si te preocupa mucho el qué te dirán, no sabes en qué te has metido. La mayoría de las personas a quienes he hablado fueron tildadas por sus detractores de trastornadas y de cosas aún peores.

Entrevistador: No me digas. Primero estoy chiflado, y ahora tengo que vérmelas con detractores. La vida era mucho más sencilla antes de embarcarme en esta entrevista.

Dios: Más sencilla quizá, pero no necesariamente mejor.

Entrevistador: No vas a pedirme que haga algo descabellado ¿no?

Dios: ¿Cómo así, algo descabellado?

Entrevistador: Una locura o un disparate.

Dios: No, no suelo hacer eso, aunque sí me gusta que me presten atención.

Entrevistador: Te estoy prestando atención y, sin embargo, me siento bastante raro con todo esto.

Dios: Fuiste tú el que solicitó la entrevista.

Entrevistador: Sí, es cierto. Pero lo hice porque tengo muchos interrogantes.

Dios: Muy bien, pregunta.

Entrevistador: ¿Cómo se puede demostrar que existes?

Dios: El testamento de un creador es su creación. Mira lo que hice. Esa es la vía más certera para demostrar que existo.

Entrevistador: ¿Pero no pudo el mundo haberse creado solo?

Dios: ¿Te parece que eso tiene sentido?

Entrevistador: Pues… no. Pero a muchas personas inteligentes les parece que sí.

Dios: Observa todo lo que hay en tu cuarto. Todo lo que se fabrica tiene un fabricante, ¿no es así?

Entrevistador: Sí, pero hay cosas que no las fabricó nadie, como esa planta del rincón.

Dios: Pero salió de una planta madre, ¿no? Así que tuvo quien la hizo.

Entrevistador: Ya, pero quizás en un momento dado sus antecesores emergieron del caldo primigenio hace millones de años y…

Dios: ¿Por qué no dejas de complicarte y lo tomas con fe?

Entrevistador: ¿Volvemos a lo mismo?

Dios: Así parece. ¿Quieres dejar de preocuparte y empezar a hacer preguntas?

Los anteriores párrafos corresponden a la introducción y el primer segmento de la primera entrevista del libro Dios según Dios, distribuido por Producciones Aurora.