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Enseñar a algunos a enseñar a otros

Enseñar a algunos a enseñar a otros

Peter Amsterdam

«Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros»  Timoteo 2:2[1]

Enseñar a la gente sobre Jesús es esencial para la continuidad de la fe y es la forma en que el cristianismo perdura en el tiempo. Mediante dicha enseñanza, cada uno de nosotros contribuimos al fomento de la fe y hacemos nuestra parte para establecer el linaje espiritual que va del presente hacia el futuro.

Cuando Jesús estaba a punto de ascender al Cielo, mandó a Sus discípulos que fueran por todo el mundo y anunciaran el Evangelio: Vayan y hagan discípulos de todas las naciones[2]. Una de las definiciones de la palabra discípulo es «persona que sigue o defiende las ideas de un maestro». Al encargar a Sus discípulos que hicieran seguidores de todas las naciones, les estaba diciendo que debían pasar Sus enseñanzas a otros, algo que Él ya había hecho a lo largo de Su vida pública.

Jesús se esforzó por enseñar a Sus seguidores lo que les haría falta para propagar la fe. Estuvo cerca de tres años enseñándoles todo lo que pudo para que fueran capaces de continuar esa labor sin Su presencia física. Esa fue una parte vital de Su ministerio, ya que de lo contrario la buena nueva de la salvación no se habría esparcido por el mundo en vida de ellos. Y si los discípulos no hubieran hecho lo mismo, el mensaje habría muerto en una generación. Enseñar a los demás es un elemento importante del discipulado y de la continuidad de la fe.

Existe una diferencia entre predicar y enseñar. La palabra griega utilizada en el Nuevo Testamento y que se tradujo como predicar es kerusso, que significa «proclamar como un heraldo» también «publicar, proclamar abiertamente». La palabra que se tradujo del griego en el Nuevo Testamento como enseñar es didasko, que significa «enseñar, disertar con otros a fin de instruirlos, impartir instrucción, adoctrinar». A lo largo de Su vida pública, Jesús hizo ambas cosas: predicó y enseñó, como dice en Mateo 11:1: «Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos.»

La gente reconocía que Jesús era un maestro, como vemos en el encuentro que tuvo con Nicodemo: Este vino a Jesús de noche y le dijo: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que Tú haces, si no está Dios con él»[3]. El Evangelio de Juan también lo registra: Por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a Él; y sentándose, les enseñaba[4].

Jesús era un maestro. Enseñó a las multitudes y también a Sus discípulos. Su meta al predicar era proclamar el reino de Dios. Al enseñar formaba discípulos, instruía a personas que, a su vez, pudieran formar más discípulos, a fin de que el proceso se repitiera una y otra vez, persona tras persona, siglo tras siglo.

¡Llevar a alguien a salvarse es tremendo! La persona se acerca al Señor, obtiene vida eterna, y para algunos es el punto de partida en la senda del discipulado. Pero ayudar a alguien a avanzar por la senda del discipulado es algo más y requiere visión de futuro, la convicción de que formar discípulos es invertir en el futuro de la fe.

La formación de discípulos que hizo Jesús tuvo como consecuencia el que tú seas un discípulo el día de hoy. Él no solo preparó a los 12 apóstoles: según lo que escribió Pablo en 1 Corintios 15, Jesús después de Su resurrección se apareció a los 12 y también a más de 500 hermanos, muy probablemente discípulos a los que había enseñado por lo menos hasta cierto punto.

Formar discípulos es clave para la propagación y la continuidad del cristianismo. Sin eso, la Iglesia no puede crecer. Sin eso, no habría nadie para predicar, formar discípulos y llevar a cabo el mandato de Cristo.

Para formar un discípulo no hace falta que seas un talentoso maestro de la Biblia o que sepas todo lo habido y por haber acerca de Dios; consiste más bien en que hagas lo que puedas por ayudar a una persona en su vida espiritual. Si bien no todos saben enseñar bien, prácticamente todo el mundo puede comunicar algo de lo que ha aprendido sobre la fe, Dios, el amor, Jesús y la salvación. Puedes dar a alguien una Biblia, un Nuevo Testamento o algo más para leer. Puedes tratar de contestar a sus interrogantes, de explicar lo que has aprendido. Puedes orar con esa persona y de ese modo enseñarle cómo se hace y proporcionarle apoyo espiritual, como sucede cuando dos o tres están congregados en el nombre de Jesús[5].

Enseñar a alguien no significa necesariamente guiarlo en cada etapa de su vida cristiana, sino compartir con él lo que sabes, lo que has vivido, y encaminarlo hacia el Señor y Su Palabra. Al relacionarte con una persona la llevarás a conocer mejor a Dios y ayudarás a que su fe crezca. Para enseñar a alguien no es necesario darle clases formales; puedes hacerlo relacionándote con él a un nivel espiritual, o respondiendo a sus preguntas.

Para preparar a alguien como discípulo no es necesario darle clases formales de un modo metódico. Se puede, pero no es indispensable. A menudo se hace entablando una amistad. Jesús llamó amigos a las personas que estaba formando como discípulos: Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de Mi Padre os las he dado a conocer[6].

¡El aspecto de la amistad es importantísimo! Cuando acompañas a alguien en su progreso espiritual, conviene que desempeñes el papel que el Señor quiere para conducir a esa persona a una relación más profunda con Dios. Esto, generalmente, se logra mejor mediante una relación de amistad.

Leí un artículo hace un tiempo que presenta el argumento de que es más importante entablar una amistad con las personas a las que queremos ayudar a progresar como discípulos que establecer con ellas una relación de maestro-alumno. Se trata de un artículo escrito por alguien que tiene por ministerio procurar fortalecer y convertir en discípulos a personas que ya van a la iglesia.

Hace muchos años, mi esposa y yo conocimos a un matrimonio en nuestra iglesia. Parecía que teníamos mucho en común con ellos, así que los invitamos a la casa. El esposo tenía verdadera pasión por el discipulado, pero su enfoque resultaba incómodo. Salimos para hablar, y estuvo las siguientes dos horas tratando de convertirme en discípulo. Ni siquiera recuerdo qué me dijo, porque yo solo estaba pensando: «¿Cuándo va a terminar esto?» Yo no andaba buscando una relación maestro-alumno: quería un amigo. No veía la hora de que terminara la velada, y esa relación quedó en nada. Aunque sus intenciones eran buenas, no tuvo ningún impacto en mi vida. Admito que en aquel momento yo tenía dificultades espirituales, pero necesitaba una amistad más que un sermón.

Cuando conozco a hombres que pueden ser discípulos, no me presento como un mentor, sino como un amigo. Yo aprendo de ellos y espero que ellos aprendan de mí. El solo hecho de comenzar una relación centrada en Cristo puede ser como echar fuego sobre madera seca, que hace que se encienda en nosotros el deseo de Cristo. Me fascina hablar de la Biblia, y disfruto mucho de la compañía de hombres a los que también les gusta. Sin embargo, no pongo a nadie por debajo de mí. Todos estamos a la misma altura, al mismo nivel. Aunque espiritualmente no nos encontremos en la misma fase de progreso, podemos tener una relación de camaradería. Solo en una relación de amistad se vienen abajo las barreras, y nos permitimos tener la vulnerabilidad de expresar nuestras verdaderas necesidades. Es un concepto difícil de explicar. Cuando alguien acude a Cristo, hay personas que tratan de convertirlo en discípulo presentándose como líderes en lugar de como amigos. Una persona es mucho más dada a revelar sus batallas y hacer preguntas a un amigo que a alguien en un pedestal.  Eddie Snipes.

Jesús mismo nos comisionó para procurar ganar discípulos. Los discípulos forman discípulos. Como discípulos, amamos, creemos firmemente y seguimos las enseñanzas de Jesús. También ayudamos a propagar esas enseñanzas, la Palabra de Dios. Como discípulos, debemos hacer lo que Jesús nos mandó, y parte de eso es enseñar a otros para que lleguen a ser discípulos.

Por supuesto, no todos los discípulos pueden hacer todo el tiempo todo lo que hace un discípulo. Se entiende que en ciertas circunstancias no tengas la posibilidad de predicar o enseñar. Pero aunque en determinado momento tú mismo no estés predicando y enseñando, igual puedes contribuir a la propagación de las enseñanzas de Jesús con tus oraciones y tu bolsillo para ayudar a los que pueden predicar y enseñar a Jesús.

Si bien Jesús se dedicó a predicar, también enfatizó la enseñanza, hizo un esfuerzo deliberado para transformar en discípulos a Sus conversos. Son los discípulos los que perpetúan y propagan la fe, y ya que la meta es hacer discípulos de todas las naciones, la enseñanza es vital. Sirve para convertir en cristianos más fuertes a las personas a las que conducimos al Señor.

Enseñando, cimentando a las personas en la fe, ahondando en la doctrina, experimentando a Jesús, siguiendo más de cerca a Dios, así se forman discípulos. Enseñar a los demás es un componente básico de la Gran Comisión, de la labor que Jesús encomendó a Sus discípulos.

Para más escritos de Peter Amsterdam, visita Rincón de los directores.


Notas al pie

[1] RV 1960.

[2] Mateo 28:19 (NVI).

[3] Juan 3:2.

[4] Juan 8:2.

[5] Mateo 18:20.

[6] Juan 15:15.