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El amor de Dios por la humanidad

El amor de Dios por la humanidad

Peter Amsterdam

El amor de Dios es incondicional. ¿Qué significa eso? Se podría decir que no se sujeta a restricción alguna, que es constante, que no tiene límites. El amor incondicional se define a veces como aquel que se entrega libremente a la persona amada, pase lo que pase.

Cada uno de nosotros ha pecado, y el pecado nos separa de Dios. No hay nada que podamos hacer por nosotros mismos para poner remedio a esa separación. Sin embargo, Dios nos ama. Su amor no depende de nosotros, ya que no podemos hacer nada para merecerlo. Él nos ama a pesar de nuestra naturaleza pecaminosa. Ama a los que no lo aman. Nos ama a todos pase lo que pase. Eso no significa que ame todo lo que hacemos, sino que nos ama a nosotros. De hecho, ama tanto a la humanidad que dispuso una manera de que esa separación causada por nuestros pecados y malas acciones quedara eliminada por medio de la muerte expiatoria de Su Hijo, Jesús. A pesar de que somos pecadores, Dios, motivado por Su amor por nosotros, hizo posible que nos reconciliáramos con Él.

Como dice en el capítulo 5 de Romanos: «A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los malvados. Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra Su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros»[1].

Dios no nos ama por ser quienes somos, sino por ser Él quien es. Es el Creador de todas las cosas, el Todopoderoso. Es omnipotente y omnisciente, y a pesar de todo nos ama. De hecho, no solo nos ama a nosotros y a los cristianos que agradecen el gran sacrificio que Él hizo al entregar a Su único Hijo para que muriera por nosotros, sino que ama por igual y de forma incondicional a cada persona del mundo. Antes de que creyéramos en Él, antes de que lo amáramos, Él ya nos amaba. Ama incondicionalmente aun a las personas que nunca han oído hablar de Dios Padre, aun a los que dicen odiarlo. El amor de Dios es insondable. Es perfecto. Es incondicional.

Para nosotros, como cristianos, el elemento fundamental a la hora de procurar cubrir las necesidades espirituales y físicas de las personas con las que entablamos contacto es entender que a los ojos de Dios cada una de ellas es valiosísima, sea cual sea su edad, su raza, su nacionalidad, su apariencia física, su posición económica, sus creencias religiosas, su afiliación política y su orientación sexual. Nada de eso importa; Dios ama a todos. Ama tanto al mendigo que está en la calle como a la persona más rica del mundo.

Dios nos pide que valoremos a cada persona, que veamos a la humanidad a través de Sus ojos, es decir, con amor, sin parcialidad, sin prejuicios, sin opiniones negativas preconcebidas. Si adoptamos la perspectiva divina y vemos a los demás como Él los ve, evitaremos estereotipar a las personas y considerarnos mejores que ellas.

No es preciso que nos parezcan bien las creencias, la forma de vida y las decisiones de todas las personas. Es muy posible que no estemos de acuerdo con ellas. Hay quienes hacen caso omiso de las normas morales de Dios, hay quienes cometen graves pecados; pero sea cual sea la condición de una persona, Dios la ama. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos»[2].

Toda persona que vive en la Tierra es creación de Dios tanto como nosotros, y Dios la ama tanto como nos ama a nosotros. A los ojos de Dios somos todos iguales. Dios ama a todos los seres humanos y Jesús murió por cada uno. Se nos manda amar a las personas y, de acuerdo con nuestra capacidad, manifestar el amor de Dios de formas prácticas y también espirituales.

Jesús dijo que los dos mandamientos más importantes son amar a Dios y amar al prójimo[3]. Si tenemos presente que las Escrituras dicen que todos los seres humanos están hechos a imagen y semejanza de Dios, que el amor es de Dios, que Él es amor y que nos ama a todos[4], entonces el impresionante amor de Dios se convierte en nuestra piedra de toque, una muestra de cómo debemos amar al prójimo. Si lo tomamos como punto de referencia, entenderemos que debemos emular ciertos atributos de Dios como son Su amor, Su compasión y Su misericordia, igual que lo hizo Jesús.

Se nos manda dejar brillar nuestra luz, para que otros vean nuestras buenas obras y glorifiquen a Dios[5]. Eso es un llamado a la acción, pues da a entender que Dios desea que lo reflejemos en nuestras relaciones con los demás. Es un llamado a emularlo, a tratar al prójimo con amor, compasión y misericordia. Se nos pide que transmitamos a los demás Su hermoso amor incondicional. Eso, al igual que muchas otras cosas en la senda del discipulado, a menudo requiere cierto sacrificio. Pero cuando uno piensa en el sacrificio que hizo Jesús por nosotros, la verdad es que no hay ni comparación.

El siguiente relato ilustra bien este punto, y de una forma conmovedora:

Cuentan que una niña sufría una grave enfermedad muy poco común. Su única esperanza de recuperación parecía ser una transfusión de sangre de su hermano, que tenía cinco años y milagrosamente había sobrevivido a esa misma enfermedad, por lo que había desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla.

El médico explicó la situación al hermanito y le preguntó si estaría dispuesto a darle sangre a su hermana. El niño vaciló unos instantes; luego respiró profundamente y respondió:

—Sí. Si con eso ella se va a salvar, lo haré.

Mientras se realizaba la transfusión, el niño estuvo acostado en la cama junto a su hermana, sonriente, al igual que todos los presentes, que veían que a la niña le volvían los colores. Luego se puso pálido y se le desvaneció la sonrisa. Miró al médico y le preguntó con voz temblorosa:

—¿Me empezaré a morir enseguida?

El niño no había entendido bien al médico. Pensaba que para salvar a su hermana tendría que darle toda su sangre[6].

¡Qué hermosa y tierna muestra de amor! La Biblia dice: «En esto hemos conocido el amor, en que Él puso Su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos»[7].

Santiago, hermano de Jesús, explicó que la auténtica práctica de nuestra fe consiste en acción tanto exterior como interior; exterior al ofrecer ayuda a los demás, e interior en forma de nuestra devoción a Dios. Dijo: «La religión pura y sin mancha delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y guardarse sin mancha del mundo»[8].

Manifestar nuestra fe no es una actividad puramente interior; se nos exhorta a expresarla mediante acciones que emulen las que haría Cristo. Eso significa dedicar a los demás un tiempo que de otro modo emplearíamos en intereses personales. Significa abandonar nuestros planes preestablecidos para ayudar a personas que están en apuros. Significa vivir nuestra fe mediante actos intencionados que beneficien a personas que tienen alguna necesidad.

En su libro ¡Bien hecho!, Thomas dijo: «Los cristianos que se remangan la camisa ven el cristianismo como fe y acción. Aun así, se toman tiempo para conversar con Dios en oración, estudian las Escrituras con devoción, son súper activos en su iglesia, y llevan su ministerio a los demás, para divulgar la buena Palabra»[9].

En el libro Una vida con propósito, Rick Warren dice: «En el Cielo, Dios no nos pedirá razón sobre nuestra carrera profesional, nuestra cuenta bancaria o nuestras aficiones, sino que revisará cómo tratamos a los demás, y en particular a los necesitados»[10].

Jesús dio un buen ejemplo del concepto de remangarse la camisa. Estaba continuamente dando amor. Se compadecía de los necesitados y se sentía impulsado a actuar con amor. Era misericordioso. Era bondadoso. Daba de comer a los hambrientos y curaba a los enfermos. Luchaba contra el mal y la injusticia.

Jesús dijo: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos Mis hermanos más pequeños, a Mí lo hicisteis»[11]. Esforcémonos por dar un ejemplo tangible del amor de Dios por la humanidad, haciendo lo que Él nos indique para darlo a conocer y comunicar Su amor a los necesitados, espiritualmente al llevarlos a conocer a Jesús, y prácticamente al atender sus demás necesidades.


Notas al pie

[1] Romanos 5:6–8 (NVI).

[2] Mateo 5:45 (NVI).

[3] Mateo 22:37-40.

[4] Génesis 1:26-27; 1 Juan 4:7–8.

[5] Mateo 5:16.

[6] http://www.turnbacktogod.com/story-unconditional-love.

[7] 1 Juan 3:16.

[8] Santiago 1:27.

[9] Our Daily Bread, 6 de febrero. Tomado de un sermón de Dennis Davidson, Authentic Faith Works, del 26 de octubre de 2009.

[10] Una vida con propósito, Vida, p.62.

[11] Mateo 25:40.