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Justicia y rectitud de Dios

Justicia y rectitud de Dios

Peter Amsterdam

Un atributo divino íntimamente ligado a Su santidad es Su justicia, que aparte de su sentido habitual también significa integridad, bondad, virtud y rectitud moral. En castellano rectitud justicia son dos términos diferentes. Sin embargo, tanto en el Antiguo Testamento hebreo como en el Nuevo Testamento griego hay una sola familia de palabras para referirse a ambos conceptos. Desde la perspectiva bíblica son esencialmente lo mismo. La rectitud y la justicia divinas pueden considerarse un mismo atributo, o al menos están íntimamente ligadas.

Dios es justicia

El hecho de que la justicia sea un atributo de Dios significa que Su esencia, Su naturaleza y Su personalidad son siempre rectos: reflejan bondad, rectitud y justicia; Él mismo es el patrón incuestionable de lo que está bien. En Él no hay iniquidad, porque es el canon y modelo de la rectitud. Obra bien en todos los casos. Es todo integridad, bondad, rectitud.

Yo soy el Señor, que hablo justicia, que anuncio rectitud[1]El Señor, mi fortaleza, es recto y […] en Él no hay injusticia[2]Él es la Roca, Sus obras son perfectas, y todos Sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. Él es recto y justo[3].

Justicia y derecho son el cimiento de Tu trono; misericordia y verdad van delante de Tu rostro[4]El Señor es justo [...], no cometerá iniquidad; cada mañana, al despuntar el día, emite sin falta Su juicio[5].

Dado que la naturaleza de Dios es recta, Él es justo y ecuánime en todo, incluida Su interacción con la humanidad. En vista de que Dios es santo, no puede tolerar el pecado; y dado que es recto, es preciso que trate a las personas conforme a lo que se merecen. Dios recompensa a quienes obran bien, a quienes viven en armonía con Su voluntad, Su Palabra y Sus preceptos. Por el mismo principio, cuando alguien peca, es castigado. Si no hubiera recompensas y castigos, Dios sería injusto, lo que desmentiría Su rectitud, cosa que no es posible, pues sería contrario a Su naturaleza y esencia.

Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman[6]El Rey dirá a los de su derecha: «Venid, benditos de Mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo»[7].

Por tu obstinación y por tu corazón empedernido sigues acumulando castigo contra ti mismo para el día de la ira, cuando Dios revelará Su justo juicio. Porque Dios «pagará a cada uno según lo que haya hecho». Él dará vida eterna a los que, perseverando en las buenas obras, buscan gloria, honor e inmortalidad. Pero los que por egoísmo rechazan la verdad para aferrarse a la maldad, recibirán el gran castigo de Dios. Habrá sufrimiento y angustia para todos los que hacen el mal […]. Porque con Dios no hay favoritismos[8].

Perspectiva y tratamiento de la maldad

Dios no ve de la misma manera a quienes obedecen paciente y persistentemente la verdad y a quienes la rechazan y obran inicuamente, y trata de forma distinta a unos y a otros. Para los primeros hay recompensas; para los segundos, ira y enojo. Aunque de más está decir que todos los seres humanos pecan, Dios distingue entre aquellos a quienes les pesa haber pecado y se arrepienten, y los que se empeñan obstinadamente en obrar mal.

Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad[9]La persona que haga algo con soberbia, sea el natural o el extranjero, ultraja al Señor; esa persona será eliminada de en medio de su pueblo. Por cuanto tuvo en poco la palabra del Señor y menospreció Su mandamiento, esa persona será eliminada por completo y su pecado caerá sobre ella[10].

A muchos nos cuesta aceptar que esté bien y que se justifique que Dios castigue a los pecadores. Preferimos pensar que es un Dios de amor, y sin duda lo es. Nos ama incondicionalmente, aun cuando pecamos. Hasta ama a quienes pecan contumazmente. Dado que el amor es también parte de Su naturaleza y carácter, nos ama intrínsecamente. Sin embargo, no acepta nuestro pecado. El pecado nos separa de Él.

Dado que es supremamente santo, no puede aceptar nuestro pecado; y como además es justo, el pecado debe ser castigado o expiado. Sin embargo, por ese mismo amor que nos tiene hizo posible la expiación de nuestros pecados por medio de la muerte y resurrección de Jesús, para que no tuviéramos que estar separados de Él ni ser castigados por nuestros pecados.

En cierto modo se podría decir que la combinación de la santidad, la rectitud y la justicia de Dios condenan completamente a la humanidad. Todos pecamos y por ende ofendemos la santidad divina, es decir, Su esencia misma. Dado que Él es justo y recto, debe dar a cada uno lo que se merece; y como pecadores que somos, lo que todos nos merecemos es castigo por nuestros pecados. La santidad de Dios lo obliga a apartarse del pecado; de ahí que a causa de nuestros pecados merezcamos vivir permanentemente separados de Él. Algunos filósofos cristianos consideran que en eso consiste el infierno: en una separación permanente de Dios, una existencia apartada de Él y sin sentido alguno de Su presencia, un estado de abandono en el que Él no está presente y no puede uno comunicarse con Él ni pedirle ayuda en modo alguno. Algunos ven el infierno como la culminación y continuidad de la decisión que alguien tomó, mientras estaba la Tierra, de marginar a Dios de su vida, estado que se prolonga en el más allá, solo que agravado.

Dios es el Juez supremo, justo y recto. Solo Él discierne correctamente los pensamientos e intenciones del corazón. Es el único que conoce y entiende las acciones, las motivaciones y los objetivos de alguien, y por ende es el único que puede juzgar con acierto en todos los casos. Los humanos solemos juzgar según las apariencias o según entendemos la situación. Sin embargo, Dios conoce el fondo de todo asunto.

Dios es juez justo; y Dios está airado contra el impío todos los días[11].

Me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman Su venida[12].

La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón[13].

En cierto modo, la rectitud y la justicia divinas pueden resultar intimidantes. El conocimiento de que Él detesta el pecado, de que está airado todos los días y de que el pecado debe llevar castigo puede inspirar temor. En eso precisamente radica la belleza y la trascendencia de la salvación. Dios nos ama y envió a Su Hijo para salvarnos del castigo que nos merecemos a causa de nuestros pecados. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a Su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados[14].

Jesús sufrió por nosotros. Cargó con nuestros pecados hasta la cruz y fue castigado por nuestra iniquidad. Esa es la magnificencia del amor de Dios por nosotros. No es preciso que vivamos con miedo al castigo. Él abrió una vía para que podamos estar vinculados a Él y ser Sus hijos en lugar de ser condenados a vivir separados de Él. Contamos con esa inefable certeza. Eso pone de relieve la importancia de testificar a fin de que los demás puedan participar de la salvación.

Comprender que Dios es justo y recto también debe ayudarnos a confiar en Él, a tener la seguridad de que siempre hace bien todo lo relativo a nosotros, aunque no lo entendamos inicialmente. Dios tiene plena comprensión de todas las cosas y nos ama; por eso podemos confiar tranquilamente en Él, cualquiera que sea nuestra situación.


Notas al pie

[1] Isaías 45:19. (A menos que se indique otra cosa, los versículos citados proceden de la versión Reina-Valera, revisión de 1995, © Sociedades Bíblicas Unidas, 1995. Utilizados con permiso. También se citan versículos de la Nueva Versión Internacional (NVI).)

[2] Salmo 92:15.

[3] Deuteronomio 32:4 (NVI).

[4] Salmo 89:14.

[5] Sofonías 3:5.

[6] 1 Corinthians 2:9.

[7] Mateo 25:34.

[8] Romanos 2:5–11 (NVI).

[9] 1 Juan 1:9.

[10] Números 15:30,31.

[11] Salmo 7:11.

[12] 2 Timoteo 4:8.

[13] Hebreos 4:12.

[14] 1 Juan 4:10 (NVI).