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Gracias a la resurrección

Gracias a la resurrección

Peter Amsterdam

He reflexionado sobre la resurrección de Jesús y su significado. ¿Qué representó para Sus primeros discípulos, todos los que creyeron en Él durante Su vida en la Tierra? Y en la actualidad ¿qué significa para nosotros?

Para cuando Jesús tomó la última comida de Pascua acompañado de Sus discípulos, horas antes de que fuera arrestado, enjuiciado y muerto, ellos habían llegado a comprender que Él era el Mesías del que se hablaba en las Escrituras (en el Antiguo Testamento). Sin embargo, la concepción que tenían ellos del carácter mesiánico de Jesús era distinta de la que tenemos en la actualidad, porque se basaba en la forma de interpretar las Escrituras de los judíos de la época.

Los judíos de la Palestina del siglo I creían —y esperaban— que Dios enviaría un Mesías, tal como se mencionaba en el Antiguo Testamento. Según su interpretación de las Escrituras, el Mesías, el ungido, sería un rey terrenal de Israel. Se esperaba que el rey de los judíos librara a la nación de Israel de la opresión y dominación que había sufrido durante siglos por parte de otros reinos. Ellos se imaginaban que el reino venidero sería terrenal.

Hasta el momento de la muerte de Jesús, la idea que tenían los discípulos de Su carácter mesiánico se basaba todavía en esa interpretación. Esperaban que Jesús fuera el rey ungido del Israel terrenal. Cuando Jesús dijo a Sus discípulos que se aproximaba Su muerte, a ellos les costó aceptarlo, porque dentro de la interpretación popular judía del papel que desempeñaría el Mesías no se concebía que lo fueran a matar.

Jesús no quería que se divulgara la noticia de que Él era el Mesías, por lo menos no en ese momento; es posible que fuera porque eso le habría causado un conflicto político con el gobierno romano. Jesús no quería que los discípulos divulgaran quién era Él; pero a ellos sí les dio esa información.

Cuando anunció que iba a ir a Jerusalén a morir, la reacción de Pedro prácticamente fue decirle que estaba en un error. ¿Por qué le iba a decir eso un discípulo Suyo? Porque, según la idea que tenían los judíos, el Mesías no iba a morir en Jerusalén; iba a asumir el poder en el reino físico de Israel y gobernar y reinar con justicia, lo cual de alguna manera afectaría al mundo entero. Así pues, desde un punto de vista humano, la reacción de Pedro es comprensible, y también la petición que le hicieron a Jesús Santiago y Juan para que les concediera cargos de autoridad en Su reino terrenal. Ellos esperaban un reino terrenal con un rey ungido, el mesías.

Lo ocurrido unos días antes de la Pascua contribuyó a esa expectativa. Cuando una gran muchedumbre de los que habían ido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua tomó ramas de palmera y salió a recibir a Jesús gritando: «¡Alabado sea Dios! ¡Bendiciones al que viene en el nombre del Señor! ¡Viva el Rey de Israel!»[1], ¡para los discípulos debió de ser muy emocionante! Jesús había llegado a la capital (como se esperaba que hiciera el Mesías), y muchos lo estaban proclamando rey. Y ¿por qué no? La gente se había enterado de que poco antes había resucitado a Su amigo Lázaro. En el curso de Su ministerio había sanado a multitudes de enfermos, había alimentado a miles de personas de manera milagrosa y había anunciado la Palabra de Dios con autoridad. Su llegada motivó preguntas de quienes no lo conocían o no sabían qué ocurría, y la multitud que lo seguía respondía: «Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea»[2]. Eran muchos los que tenían grandes expectativas de que Jesús fuera el Mesías.

Sin embargo, todo pareció irse al traste enseguida. Días después Jesús había muerto, acusado injustamente y ejecutado de una manera salvaje y en extremo degradante, de un modo que, según la concepción de los judíos, indicaba que el ajusticiado había sido maldito por Dios[3]. Se esperaba que el Mesías hiciera pagar sus culpas a los paganos, no que sufriera violencia injustamente a manos de ellos.

Te puedes imaginar que para los discípulos ese sorprendente giro de los acontecimientos fue un golpe tremendo. El Maestro al que seguían, el Maestro amado, que estaban seguros que era el Mesías, había muerto. Se habían truncado sus esperanzas de que Jesús fuera el Mesías, y estaban sumamente tristes por Su muerte[4].

¡Pero la resurrección lo cambió todo! Dios resucitó al supuesto Mesías fracasado. Entre los judíos no había una expectativa de que el Mesías fuera a levantarse de los muertos; así que ni los discípulos ni el pueblo judío en general esperaban que Jesús fuera a cumplir una promesa bíblica en ese sentido.

Durante el juicio de Jesús, el sumo sacerdote le preguntó si Él era el Cristo, el Mesías; y al oír Su respuesta afirmativa, el sumo sacerdote y los que estaban con él decidieron que Jesús debía morir[5]. Lo acusaron de blasfemia, que según sus leyes se castigaba con la muerte. Los dirigentes judíos lo rechazaron, no creyeron que era el Mesías prometido, y temieron que, si se le dejaba vivir, los romanos les quitaran su lugar en el templo y acabaran con toda la nación.

Poncio Pilato, el procurador romano, condenó a muerte a Jesús por el hecho de que Jesús afirmó ser rey. No parece que Pilato lo considerara una amenaza; pero debido a la insistencia de la muchedumbre y de las autoridades judías, decidió aplicar la ley[6]. No podía haber reyes sin autorización de Roma, así que fue crucificado por sedición, según las leyes romanas. Jesús fue ejecutado porque los dirigentes judíos lo rechazaron como Mesías y porque los romanos dijeron que no se podía dejar vivir a un rey no autorizado. Sin embargo, el suceso extraordinario e inesperado de Su resurrección revocó los veredictos de los tribunales judío y romano[7].

Pese a que las normas de Roma dictaban que los que se proclamaban reyes debían morir, y pese a que los dirigentes judíos creyeron que Jesús no era el Mesías, Dios mismo anuló esas sentencias y validó a Jesús como Rey y Mesías al resucitarlo. A su vez, eso dio validez a todo lo que Jesús había enseñado acerca de Sí mismo, acerca de Dios Padre, acerca del reino de Dios y de la salvación. La resurrección —que probó que Jesús era realmente el Mesías—, unida a la llegada del Espíritu Santo, estableció un nuevo concepto de Dios.

La importancia de la resurrección en la época de Jesús fue que validó que Él era en efecto quien había dicho ser. Antes de la resurrección, los discípulos no entendían completamente lo que Jesús les decía acerca de Su muerte y resurrección. Sin embargo, en los cuarenta días que hubo entre Su resurrección y Su ascensión al Cielo, les explicó las Escrituras, y entonces lo entendieron.

Lo que motivó a los apóstoles a anunciar a Cristo resucitado —tal como quedó registrado en el libro de Hechos— fue el caer en la cuenta de que la salvación estaba al alcance de todos gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesús. Por esa razón los autores del Nuevo Testamento escribieron acerca de la importancia de la resurrección. Afirmaron que demostró que Jesús era el Hijo de Dios; por ella hemos nacido de nuevo y tenemos la certeza de estar salvados, y sin ella nuestra fe sería en vano.

Que toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es por Su gran misericordia que hemos nacido de nuevo, porque Dios levantó a Jesucristo de los muertos[8].

Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo[9].

La resurrección fue prueba de que Dios, en efecto, había venido al mundo de una nueva forma, por medio de Su Hijo. Al cabo de cincuenta días, después de la ascensión de Jesús, el Espíritu Santo también vino al mundo de una nueva forma y habitó en los creyentes. Esos sucesos motivaron a los discípulos y a la iglesia primitiva a divulgar la noticia por el mundo de su época. Dieron a conocer que la humanidad podía reconciliarse con Dios por medio de Jesús y Su sacrificio en la cruz.

Aunque al principio las expectativas de los primeros discípulos quedaron por los suelos, al poco tiempo entendieron que, porque Jesús había resucitado, lo que Él había hecho, dicho y prometido era cierto. Y eso se extiende a lo largo de la Historia hasta llegar a nuestros días. El Cristo resucitado, el Mesías, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, dio prueba de Su divinidad al morir por nuestros pecados y al resucitar.

Debido a que murió por nuestros pecados y luego resucitó, sabemos que todo lo que dijo es cierto: que tenemos salvación, que tenemos vida eterna, que el Espíritu Santo habita en nuestro interior, que ha prometido contestar nuestras oraciones, que nos guiará y orientará cuando se lo pidamos. Se ha tendido un puente sobre lo que nos separaba de Dios. Somos hijos de Dios, viviremos con Él para siempre, y por medio de nuestra testificación podemos conducir a otros hacia Él.

Gracias a la resurrección, tenemos la certeza de la salvación, la capacidad de disfrutar actualmente de una vida llena de Cristo, y el honor de vivir con Dios para siempre.

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Notas al pie

[1] Juan 12:13. A menos que se indique otra cosa, todas las frases textuales de la Biblia que aparecen en este artículo provienen de la Nueva Traducción Viviente (NTV).

[2] Juan 12:12–18, Mateo 21:6–11.

[3] Gálatas 3:13,14.

[4] Lucas 24:13–16.

[5] Mateo 26:63–66.

[6] Juan 19:12.

[7] Wright, N. T.: La resurrección del Hijo de Dios, Editorial Verbo Divino, 2008.

[8] 1 Pedro 1:3.

[9] Romanos 10:9.